lunes, 25 de marzo de 2013

Gracias, Jefe


El cielo se cerró y en ese momento estalló la lluvia. Sobre Caracas cayó un aguacero denso, frío, complicado. En la avenida Bolívar muchos corrimos a guarecernos.

Nos amontonábamos debajo de los árboles, en cualquier techito que goteaba. Muchos pensamos que había que esperar a que escampara y entonces sí, volver a la avenida y llenarla, reventarla, porque como siempre escuchamos y aprendimos, en cada elección se jugaba la patria y América Latina.

Fue ese día, el cierre de la campaña presidencial de 2012 cuando Hugo Chávez quedó inmortalizado. Pensábamos que iba a esperar, que la lluvia era pasajera, que el cierre de campaña podía retrasarse. Pero no, Chávez salió y quedó empapado por esa cortina de agua que se desbarrancaba desde el cielo. Desde abajo del escenario la muchedumbre le gritaba que no, que volviera después, que se protegiera. Y en esa imagen está Chávez de cuerpo entero. Su épica, su firmeza, su conciencia.

Sabíamos el esfuerzo que estaba haciendo, que en esa campaña se jugaba la vida.


Para describir a un hombre como Hugo Chávez las palabras no alcanzan, principalmente porque fue transparente, sincero y humilde a la hora de tomar las decisiones. Intempestuoso y frontal, visceral y profundamente humano. Chávez no dudaba ni respetaba los protocolos. Con sus ministros o con el rey de España, ese hombre nacido en los llanos de Barinas nunca se callaba lo que pensaba. Y esa característica fue su diferencia. Por eso no alcanzan las palabras para describirlo: él mismo se mostró tal cual era, sin intrigas o mediaciones.

En Chávez nos reflejamos, nos descubrimos, encontramos lo que éramos: latinoamericanos que no nos conocíamos y, desde su llegada al gobierno en Venezuela, empezamos a palparnos, abrazarnos y respetarnos.

Chávez rompió con lo establecido. Cuando decían que el socialismo se había convertido en un fósil que Washington trataba de enterrar, su irrupción como presidente vigorizó ese ideal teórico y práctico, encontró un nuevo camino, como lo quería José Carlos Mariátegui. Ese “ni calco ni copia, sino creación heroica” que legó el marxista peruano se hizo carne en Chávez.

En Teherán, en Chiapas, en la selva misionera de Argentina la gente preguntaba por Chávez. Lo conocían, lo observaban con curiosidad, desconfiaban de él o lo admiraban, pero todos sabían que ese hombre era uno de ellos. Ni economista de Harvard ni abogado de universidades católicas. Y sobre todo, a esa gente Chávez le caía bien, porque hacía lo mismo que ellos. Sus sentimientos estaban a flor de piel en todo momento. Riendo a carcajadas, cantando, esquivando a su propia seguridad para hablar con quien fuera, Chávez era un hombre de a pie, como lo demostró en ese cierre de campaña en 2012, cuando la tormenta se encapotaba sobre Caracas y él no dudó. El pueblo colmaba la avenida Bolívar con su fiesta de liberación, con su cadencia y frenesí y con una furia enternecedora. Y si eso sucedía, Chávez no podía faltar. Por eso salió, por eso nos preocupamos, pero también admiramos otra vez a ese hombre que no le negaba una taza de café a quien se la alcanzara y que podía debatir sin vacilar con los presidentes de las principales potencias del mundo.

Seguramente el “buen revolucionario” estará pidiendo reflexiones concretas y perfectas en estos momentos de dolor inabarcable -e incompresible para los cínicos de siempre-.

En esta madrugada de consuelos que no alcanzan, de cielos que se enrarecen y de pueblo en las calles, sólo queda decir “Gracias, Jefe”. Por enseñarnos que un mundo diferente es posible, que el hombre nuevo que soñó el Che lentamente se hace carne en miles de personas y que la lucha es con el cuerpo, cueste lo que cueste.

(Publicado el 6 de marzo de 2013 en www.marcha.org.ar)

Épica y revolución


Ser épico en política es visto como algo arcaico y vetusto. Así lo decretaron los grandes medios de comunicación y los personeros del capitalismo. Lo épico encarnado en un dirigente se traduce, en estos sectores, en “caudillismo” y “populismo”. Pero esa matriz ha sido derribada. Y otra vez, el hombre que dio la estocada final para derrumbar ese andamiaje político-mediático fue Hugo Chávez. Porque el presidente de Venezuela demostró que la pasión y la entrega a la hora de encabezar un proceso revolucionario se lleva adelante, principalmente, con el cuerpo y la humanidad a flor de piel. 

Chávez lo demostró durante la campaña electoral que lo llevó al triunfo en los comicios de presidenciales de octubre de 2012.

Lo veíamos y su imagen –en la cual se condensa el pensamiento revolucionario, el socialismo y la entrega absoluta-, nos interpelaba diciendo: la política se hace con el cuerpo y en las calles. Al hombre que supo domar (y denunciar) a las grandes empresas mediáticas, y que a través de los medios públicos de su país entabló una relación cotidiana y de diálogo con su pueblo (y con los pueblos del mundo), no le bastó esperar cruzado de brazos un triunfo electoral que todos sabíamos iba a ocurrir.

Luego de ser sometido a intensas intervenciones quirúrgicas para extirparle un cáncer, Chávez no dudó aunque su salud flaqueara. Durante un mes recorrió Venezuela para blindar la Revolución; bailó y rió a carcajadas desde todos los escenarios para hacer realidad el concepto de que un proceso revolucionario nunca puede perder la alegría; educó –como lo hizo desde 1998- a cada uno de nosotros en la praxis de la liberación como único camino para romper con las cadenas que nos atan al capitalismo. 


El Plan de la Patria presentado por Chávez antes de los comicios de 2012 fue su legado más profundo, como bien lo apuntó el ahora mandatario encargado, Nicolás Maduro. Las líneas estratégicas del proceso revolucionario están en ese texto, discutido posteriormente por miles de venezolanos y venezolanas. Pero a esta teoría, que Chávez ha desarrollado en sus cientos de intervenciones públicas y escritos, se suma el ejemplo. Como lo quería Ernesto Guevara, como todavía hoy lo demuestra Fidel Castro, Chávez predicó con el ejemplo cargado de ética y moral de nunca darle la espalda al pueblo. Porque él siempre fue parte del pueblo sufrido y humillado durante décadas, y que en menos de quince años se hizo visible con toda su furia rebelde. Pero no sólo en Venezuela. En Siria, a Chávez se lo conoce como “el protector de la verdad”, en Irán la gente lo considera “el gran amigo latinoamericano” de la Revolución Islámica; en Palestina o Líbano su imagen se reproduce en movilizaciones y actos en los cuales se denuncian las políticas imperialistas de Estados Unidos e Israel.

La irreverencia y el humor, la claridad ideológica y política, la ruptura con la diplomacia formal y burguesa, y la palabra y las ideas como herramientas fundamentales para el cambio social, convirtieron a Hugo Chávez en el líder revolucionario más importante de los últimos tiempos. A estas cualidades se suman su permanente autocrítica, sus denuncias contra la burocracia y los elementos corruptos dentro del proceso bolivariano y, otra vez, esa simpleza para conectarse con los suyos, los explotados que se decidieron a decir “no”, que apuestan a un país independiente y que se niegan a convertirse en los condenados de la tierra.

Como si fuera un personaje salido de la pluma de Gabriel García Márquez –los cuales están cargados de una tragedia entendida como acto heroico-, Chávez rescató, en pleno auge del neoliberalismo, a la lucha política como forma única de liberación. Si en la década del noventa Cuba se erigió como bastión de resistencia frente al capitalismo y su teoría de “fin de la historia”, en el siglo XXI Chávez y el pueblo venezolano encabezan la primera gran ofensiva contra ese sistema inhumano y saqueador. Y en los dos casos, y respetando sus particularidades, con una misma bandera que no deja de flamear: el socialismo.

(Publicado en la revista Sudestada, abril 2013, número 117)

sábado, 16 de febrero de 2013

Un recuerdo disparado por 77


Fui a colegio de curas. Bueno, eran hermanos. Si mal no recuerdo todos muy católicos, muy biblia abajo del brazo, pero seguro cogían con mucha menos culpa que los sacerdotes clásicos.

Muchos de los que íbamos a ese colegio éramos medio pelo. Mi vieja prefería esa escuela privada porque, decía, yo iba a tener una mejor educación. Le creo a mi vieja con sus razones. Aunque no comparto ni medio esa idea. Lo sabe.

Pero éramos bastante medio pelo, clase media holgada, aunque sé que a algunos padres les costaba la vida llegar con la cuota a principio de mes.

Por suerte, en cuarto grado me cambiaron de colegio. Ese último año con los hermanos, para mí, fue una catástrofe. Teníamos doble escolaridad, de siete de la mañana a cuatro de la tarde. Mis pulmones en un momento dijeron basta. No me acuerdo demasiado, pero sé que ese año estuve bastante enfermo.

Pese a todo tomé la comunión, aunque los días anteriores me los pasé encerrado en mi casa tratando de recuperarme de la salud.

Uno de los tantos médicos que me vieron le dijo a mi vieja que por más penicilina y corticoide que me inyectaran, las mañanas frías me iban a destrozar.

Pasé a la escuela 2, a la tarde. Quedaba en la terminal vieja de colectivos. Paredes amarillas y manchadas de humedad, techos que con los años se vencían y caían, un patio de cemento gris, y los veranos cargados de calor y transpiración. Pero mis pulmones comenzaron a funcionar bien y, pese a mi timidez, en poco tiempo me hice algunos buenos amigos. El mejor, Huguito. Vivía cerca de la casa de mi abuela y nos pasábamos largas tardes jugando al fútbol.

Buena gente y buenos recuerdos de la escuela 2. Y un colegio público, algo que siempre le agradecí a mi vieja: que me cambiara a ese colegio.


En la escuela de curas, o hermanos, o como quisieran llamarse (lo importante para ellos era la cuota mensual); decía, en ese colegio seguramente se formaron varios tipos y tipas que ahora manejan algunos hilos del país: políticos, estancieros, empresarios exitosos.

Qué bueno saber que mi vieja me sacó de ahí.

Pero, ¿por qué se me vino este flash de recuerdo?

Porque leí unas líneas de 77, novela de Guillermo Saccomanno. Así escribe Saccomano, salvando distancias geográficas, él en Buenos Aires, yo en Pergamino: “Desde este lado de la ciudad se estaba en otra parte: había negocios de moda, mujeres elegantes, hombres bien trajeados. Hasta los que vestían de sport tenían un aire de estar caminando por los jardines de Windsor. Acá los chicos siempre eran, además de rubios, herederos”.

Eso es lo que son, ahora, esos pibes con los que compartí el colegio de curas: herederos. No todos, por supuesto, pero muchos sí. De formación católica y excluyente, conocedores desde pequeños sobre tierras y ganados, y defensores de esa máxima que sostienen, como sea y sin saber muy bien por qué: su capacidad de explotar trabajadores y peones se encuentra en la propia genealogía que los escupió al mundo; su naturaleza, piensan ellos, es obtener ganancias a cualquier precio. Son herederos de una patria que se construyó con sangre obrera, hipocresías de cabaret y alucinaciones de una verdadera Europa sudamericana para las generaciones futuras.

(Publicado en www.marcha.org.ar)

viernes, 15 de febrero de 2013

¡Dale Bocha!


(Era junio de 2007, y con una banda combativa y alucinada comandada por Carlos Aznárez tratábamos de poner en pie "La Radio de las Madres". Además del frenesí que vivíamos en el servicio informativo, Carlos me había pedido armar un programa de literatura, que se llamó "El fuego y la palabra", y que tuvo como padrino a Mauricio Polchi y como productora todo terreno a Dudy Francisco. Ese junio Ricardo Bochini había tenido un accidente automovilístico. En el programa armamos este editorial, sin ningún tipo de relación entre fútbol y literatura, sino porque yo andaba triste por lo que le había pasado al Bocha. Y en esas líneas aparecía mi viejo, fanático de Boca. Y ahora que mi viejo anda volando bajito me acordé de este relato, revolví, lo encontré y se lo regalo, otra vez, al Bocha y a mi viejo)

Lo veías caminando, de vez en cuando trotando. Andaba por ahí, un poquito adelantado de la mitad de la cancha. A veces parecía que se perdía entre tantos jugadores de físicos grandes y piernas toscas. Pero el Bocha seguía a su paso, como esos caballos que ya nadie tiene mucho en cuenta pero que a la hora de tirar el carro siempre los van a buscar. Entre pases que caían exactos en los pies de los delanteros de camiseta roja y la pelota mansa y dormida sobre el césped -dejando en claro que para el fútbol lo importante es jugar bien y no correr demasiado-, estaba el Bocha, con las pocas chapas de la cabeza revueltas, despeinadas, más rápidas que él, pero mucho más lentas que sus ojos y reflejos.

Ahora lo recuerdo y se me viene encima mi viejo. Por los cabellos revueltos y porque es de Boca. Siempre me decía con una sonrisa maliciosa: “Ese jovato no puede correr más”.

Y enseguida me aparece la imagen de un Independiente-Boca, y el Bocha con la pelota atada a los pies, los defensores que íban quedando atrás, y yo con mi viejo viendo el partido en casa, y allá lejos, y realmente me parecía muy lejos, el Loco Gatti que observaba tranquilo y el Bocha seguía muy despacio pero nadie le podía pellizcar la pelota, y Gatti ahora un poco nervioso, sus piernas flacas comenzaron a arar como un tractor y se fue para adelante porque ya no quedaban defensores, y ese tipo sólo con la camiseta roja y el diez en la espalda, con la cabeza atenta, y cuando Gatti ya no sabía qué hacer, ni sus brazos sabían para dónde dispararse, el Bocha la tocó, así nomás, sin fuerza, sin rabia, pero con la delicadeza de los dioses, y la pelota se fue por arriba, y Gatti miró y cuando se dio vuelta la pelota ya picaba tranquilita en el fondo del arco, sin desesperación, feliz porque la había pateado el Bocha. Entonces mi viejo me miró, callado, se acomodó los pocos cabellos que le quedaban (y que todavía le quedan) y me dijo: “Ya no quedan de estos. Vos que sos chico disfrutálo todo lo que puedas, porque de estos quedan cada vez menos”.




miércoles, 13 de febrero de 2013

El último Adiós



(Artículo de Hugo Montero, publicado originalmente en el nro. 1 de la revista Sudestada, agosto de 2001)

Cuando las ruedas del avión se despegaron definitivamente de Buenos Aires, el escritor pudo respirar tranquilo. Hasta la tos, que lo había acompañado durante toda su estadía en el país, suspendió por un momento el ritmo implacable sobre su cuerpo enfermo. Desde arriba, de noche, la imagen difusa de la ciudad en las ventanas del avión era tranquilizadora. Buenos Aires, se repetía entre labios, en el silencio del vuelo, el escritor, cada vez más lejos. Ese silencio era el mismo que lo había recibido días atrás en su llegada, y esa indiferencia también lo acompañaba ahora, al igual que la tos y ese cansancio insoportable, durante sus últimos segundos sobre suelo argentino. Antes de reclinarse y entregarse al sueño que lo acercaría más al cielo francés, el escritor no pudo evitar dibujar una entrañable sonrisa mientras ese suelo se perdía en un paisaje cada vez más azul, cada vez más lejos.

Dicen sus amigos que Julio Cortázar vino a despedirse en diciembre de 1983. Dicen también que estaba consumido por la enfermedad que lo mataría apenas tres meses después, en un frío París; pero que conservaba intacta su ironía, su agudeza y su presencia provocativa, violenta, fruto de esa contextura física tan particular, con esos ojos casi independientes que siempre parecieron obra de algún pintor cubista. Cortázar era argentino, pero no lo era desde una perspectiva falsamente nacionalista. Cortázar era argentino porque escribía en argentino, y cualquier artista merece ser juzgado por su trabajo, porque allí se encuentra su raíz, su identidad. Y su obra decía siempre demasiado de Argentina. Sin embargo, cuando llegó no pudo sentirse en su tierra; desde un principio se sintió extranjero, otra vez. En realidad, así se lo hicieron sentir siempre. Corrían en Buenos Aires vientos frescos por ese tiempo, la palabra democracia había ganado cierta sonoridad satisfactoria y la gente sentía que, de una vez por todas, atrás había quedado ese lapso histórico siniestro, simbolizado por la presencia genocida del uniforme militar. La vida cultural resurgía de las cenizas, las calles céntricas multiplicaban su oferta de obras y artistas, los libros ocultos aparecían otra vez en los estantes; volvían también algunos innombrables de afuera, pero otros se quedaban, para siempre, lejos.  Cortázar, que se había instalado mucho antes del golpe militar de 1976 en Francia, que se había autocalificado como “exilado” porque carecía de la elección de poder volver a su país y porque sabía que sus palabras no podían ser leídas y escuchadas libremente en su tierra, también eligió volver. Solo, enfermo, cansado, eligió volver por última vez. A despedirse, a pasear por sus calles (las mismas calles por las que caminaron todos sus personajes), a charlar cara a cara con su madre, a saludar a los viejos amigos.
“Ese viaje lo hizo cuando no debía hacerlo, fue muy nocivo para su salud. Estaba muy agotado, exánime, fue un gran esfuerzo. Poco después fue internado y empezó el ciclo de los hospitales. Peleó inconscientemente contra la enfermedad, porque tenía muchas ganas de vivir. No estaba para nada en sus proyectos eso de morirse”, recordaba su amigo y colega Saúl Yurkievich, años después. Pese a todo, Cortázar se dio el gusto de salir a caminar por el centro y asistió a un único acto público durante su visita: presenció el homenaje a los autores del Teatro Abierto en el Margarita Xirgú, donde recibió una cálida ovación de la multitud allí presente. Cuentan que Cortázar se emocionó como nunca por ese reconocimiento que, sabía, merecía con creces.

Carlos Gabetta recuerda que se quedó charlando con Julio en una esquina céntrica, plena calle Corrientes, a la salida de un cine después de ver No habrá mas penas ni olvido, la película basada en el libro de Osvaldo Soriano. Julio esperaba allí a un periodista de Le Monde que debía entrevistarlo en pocos minutos. De repente, comenzó a desfilar por la avenida una multitud: era una manifestación por los derechos humanos. Julio guardó silencio ante la escena, hasta que alguien lo reconoció y pegó el grito: “¡Ahí está Cortázar!”. El grito fue una señal para todos. La manifestación trocó en tumulto alrededor del cronopio. Se mezclaron besos y abrazos, brotaron preguntas amontonadas y sonrisas de emoción, confundieron sus voces jóvenes que querían contarle en dos palabras tantas sensaciones atravesadas con sus libros y esos íntimos deseos de ser por un rato la Maga algunas, y Oliveira otros. En el rostro de Julio no cabían tantos afectos, tantas palabras, desde lo más profundo de su pecho latía con fuerza esa máquina imperfecta que habría de apagarse algunos meses más tarde. Pero ese día, rodeado de jóvenes (sus lectores, los de siempre), el corazón gopeaba contra las paredes del cronopio, pugnando por salirse de una vez y saltar a la calle donde los otros cronopios se despedían con un inolvidable cantito que hablaba de un regreso y de un amor: “¡Bien-ve-nido, carajo! ¡Bien-ve-nido, carajo!...”

La cara marcada de besos, su autógrafo desprolijo para siempre en un montón de libros y entre sus manos, un regalo entrañable: un ramo de jazmines. Julio aspiró el aroma de aquellas flores con la certeza de volver a recorrer aires conocidos. Después, convidó a los amigos: “Huelan esto... jazmines del país. Con esta fragancia, no existen en ninguna otra parte”.


El elefante herido

“Es posible que Cortázar haya ido a Buenos Aires para mirarse al espejo por última vez. Dijo que estaba enfermo y que volvería en febrero. Quería eludir a la prensa y escaparle a la admiración beata. Temía que no lo dejaran andar en paz por esas veredas y esas plazas que recordaba con la memoria de un elefante herido. Pero creo que como todos nosotros le temía, sobre todo, al olvido”, escribió días después de su muerte, Osvaldo Soriano. Pero su presencia, gigante y conmovedora, y su compromiso inquebrantable con el socialismo, con Cuba y con Nicaragua, no eran elementos demasiado bien vistos para ciertos personajes de quinta categoría, instalados en el nuevo gobierno democrático. Mientras Cortázar paseaba por Buenos Aires, el entonces presidente electo Raúl Alfonsín organizó una recepción formal con numerosos intelectuales en un acto de reafirmación de los principios democráticos. No faltaron allí esos intelectuales, los Borges y los Sabato, los de extraño doble discurso, los que elogiaron los uniformes primero y se acomodaron rápido después, sobre la hora. Allí no estuvo Cortázar porque no fue invitado, pero él quería ir, sentía que tenía que estar. Según el escritor Miguel Briante, el organizador central del evento tenía el número telefónico de Cortázar, pero optó por no llamar. En ese sentido, Soriano relató que “Julio no pidió la entrevista, pero le parecía interesante equilibrar o contrarrestar la presencia de los Sabato y de los extremadamente moderados en el gobierno, o gente que había estado durante la dictadura. La idea era que alguien que había estado afuera, en el centro de la famosa ‘campaña antiargentina’, pudiera ser recibido por el flamante Presidente como señal de que esto iba a ser una cosa abierta. De ahí el fuerte significado político de ese episodio”. La historia confirmaría que la cosa no iba camino a ser “muy abierta” como se decía, y por eso la ausencia de Cortázar fue un síntoma elocuente del futuro próximo.

Su amigo Hipólito Solari Irigoyen fue el encargado de confirmarle, avergonzado, que no había conseguido la audiencia. “No es nada hombre, visita más visita menos, lo que quisiera es que le fuera bien, que maneje bien el gobierno...”, cuentan que fue la respuesta de Julio, pocas horas antes de su partida definitiva. Quién sabe, tal vez Cortázar zafó de tener que darle la mano al hombre que tiempo después firmaría, con esa mano, los decretos de Punto Final y Obediencia Debida, y ese frustrado encuentro actúa hoy como violento contraste entre el nombre de un escritor que perduraría en el tiempo por su coherencia ideológica, por su compromiso político y por su inasible talento; y el nombre de un político radical que, en cambio, apenas perdura (como si hubiera algún mérito en ello).

La indiferencia arrogante en el trato con Cortázar desde el poder político argentino fue una pose bien estudiada desde entonces. Ya el 12 de febrero de 1984, una vez conocida la muerte del escritor en París, el gobierno de Alfonsín envió una miserable esquela, 24 horas más tarde y con una lacónica frase de compromiso: “Exprésole hondo pesar ante pérdida exponente genuino de la cultura y las letras argentinas”…
“El entierro fue tristísimo. Un frío polar y un solcito que algún piadoso dios pagano hizo filtrar entre las ramas, como para que el cronopio mayor se fuera bajo una imagen bonaerense”, sintetizó Javier Fernández, en una carta enviada al librero Héctor Yánover. Al entierro del escritor, de parte de la embajada argentina “mandaron al portero”, señaló irónico Miguel Briante. Así, en una ceremonia fría, humilde en forma extrema, Cortázar era enterrado en suelo francés.

En silencio, como siempre, Julio se fue. Queda para los de este lado del mar su desbordante talento y su compromiso ejemplar, pero también nos queda esa ridícula sensación de satisfacción al saber, casi con certeza, que la última imagen que eligió Cortázar antes de irse fue la de nuestras calles, la imagen de su gente. Consuelo que alcanza y sobra para un último adiós.

miércoles, 30 de enero de 2013

"Mecánicos", de Osvaldo Soriano, y un recuerdo...



(Empecé a leer de la mano de mi abuela Ñata y de Osvaldo Soriano. El primer libro fue “Cuentos de los años felices”. Al poquito tiempo de arrancar con ese libro, Soriano se murió. Y la imagen de esa pérdida fue verlo en la televisión a Charly García entrando al funeral de Soriano. Charly parecía una muñeco desarticulado entre la gente, con los brazos y piernas larguísimas tratando de pasar en medio de la muchedumbre. A veces pienso si será verdad eso que vi, pero ya no me importa porque me gusta tener esa última imagen de Soriano con Charly de por medio. “Cuentos de los años felices” me enseñó, sobre todo, a entender un poco más a mi viejo, sus cosas, mis rabias por sus cosas, el club, los amigos (gomías, dice él todavía), esa ternura que tiene y a la que hay que llegar después de escarbar un rato en su cara seria y silencios. Hace 16 años se murió Soriano. Simplemente, un bajón).


Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.

Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.

Yo no le hice caso pero el se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían.

A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tire en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.

–Sos un cabeza hueca–me decía.

Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.

Me miró y dijo: “Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés”. Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezo a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles.

Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba “jCarajo, qué mal trabajan los franceses!” y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis:

–Doce– le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles . Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.

Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio. Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración.

Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las verguenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida. Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes.

–Andá–me dijo–. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvas de los bailes y las guardias.

Ese año hice mas de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para el su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.

(Mecánicos aparece en "Cuentos de los años felices")

lunes, 21 de enero de 2013

Ciudad comunal Simón Bolívar: tierra sembrada por el poder popular


En el punto justo donde los estados Apure y Barinas se unen, en el poblado de Guacas, una casa sencilla y colorida se levanta entre árboles y brisa fresca. Flamea una bandera amarilla y roja, con la cara de Ezequiel Zamora en el centro. En una de las paredes de la entrada hay un afiche con la cara del presidente Hugo Chávez y en letras grandes una indicación: "Punto Rojo".

En ese lugar funciona uno de los locales del Frente Nacional Campesino Ezequiel Zamora (FNCEZ). Desde ese poblado, donde el calor apureño se apacigua y permite disfrutar de un clima más fresco, hasta Guasdualito se despliega la ciudad comunal Simón Bolívar, experiencia nacida a pocos meses de un momento complejo para el país: el referendo constitucional impulsado por el gobierno del presidente Chávez en 2007. En ese entonces, el mandatario venezolano estuvo en el Hato El Cedral, donde un grupo del FNCEZ le entregó la propuesta de la ciudad comunal.

A partir de ese encuentro, y con base en la ley de las Comunas, en Apure comenzó esta iniciativa conformada por ocho comunas de las parroquias San Camilo, Urdaneta y Guasdualito, del municipio Páez. A esta experiencia se suman otras de igual naturaleza adelantadas por el FNCEZ, como una comuna en Biruaca, Bajo Apure, y seis comunas más en el casco urbano de Guasdualito, éstas últimas conformadas por 36 consejos comunales.

Antes de encender la grabadora y que las horas pasen entre preguntas y respuestas, en el local los militantes del FNCEZ sirven jugo, acercan sillas y muestran, orgullosos, el estudio de la FM 96.3, radio "Bolívar Vive". Entre las líneas estratégicas de esta organización, la comunicación juega un rol fundamental.


Valores y autogobierno

El fin de la Ciudad Comunal es lograr el autogobierno, objetivo que los miembros del FNCEZ entienden como la toma de decisiones en asambleas de pobladores, la formación política, el impulso de la cultura del trabajo como motor fundamental, y la conciencia que debe tener cada uno de los miembros de la ciudad sobre su responsabilidad ante la comunidad.

Braulio Márquez, que ahora se encuentra en el estudio de la FM "Bolívar Vive", lo explica así: "Entendemos que todo no lo puede dar el gobierno, porque tenemos que generar y crear condiciones de una nueva cultura, de nuevos valores socialistas. Las cosas nos tienen que costar a todos, al colectivo, porque el pueblo debe asumir su rol protagónico". Para Márquez, "sería contradictorio que el gobierno nos hiciera todo; tenemos que ser nosotros mismos el gobierno, y no ser parte del problema, sino de las soluciones".

En la ciudad comunal el funcionamiento se basa en reuniones y actividades laborales, donde "una familia coloca una lámina de acero, la otra un bulto de cemento, la otra tantos bloques y un día se reúnen todos en cayapa y hacen la infraestructura de la casa de la comuna", explica Márquez.

Con este método, en la zona han levantado ocho estructuras construidas por los mismos pobladores. Además, los habitantes se ocupan de la limpieza de la vialidad y del tendido eléctrico.

Cuando la ciudad comunal dio sus primeros pasos, el gobierno nacional colaboró en el diagnóstico de la zona y el financiamiento de los proyectos iniciales. En ese momento, la ciudad recibió el kit de maquinarias amarillas, entre jumbos, gandolas y camiones. A partir de esa ayuda, quienes habitan la ciudad comunal se hicieron cargo de los días por venir.

Como ejemplo, Márquez cuenta que si un Patrol, una máquina pesada para remover tierras, "va a una comuna, toda la comunidad es responsable del mantenimiento, del sostenimiento del chofer y del operador. Si a la maquinaria se le daña algo, la comuna que está siendo beneficiada es la que coloca el dinero para la compra del repuesto. De esta forma, el mismo pueblo asume su compromiso: ser parte de la solución, y que duelan las cosas. Esta cultura ya ha generado una nueva conciencia".


Organizar y crecer

Además de la ciudad comunal, el FNCEZ cuenta con la Unidad de Producción Socialista Jorge Eliécer Nieves, a pocos kilómetros de Guacas, que produce leche, carne, cachamas, yuca, arroz, frijol y maíz. A su vez, en la ciudad ya se construyen seis casas levantadas por los mismos pobladores. La organización cuenta también con dos asentamientos campesinos que en total abarcan 7.500 hectáreas de tierra.

Yorlis Fernández, miembro del FNCEZ, señala que en ese espacio "cada familia tiene un patio productivo e individual, donde produce para su beneficio personal. De cinco días de la semana, la familia trabaja tres días en tierras colectivas y dos días en su unidad de producción individual. Todo lo que se produce en el área colectiva es para el beneficio de la comunidad".

En la zona urbana, con financiamiento del presupuesto participativo de la alcaldía de Guasdualito, las comunas llevan adelante cooperativas de calzado, de confección de jeans y una pequeña fábrica de plástico. Fernández reconoce que el principal obstáculo que tienen en estos proyectos es la falta de una mayor "asistencia técnica, cómo se administra, cómo se lucha en el ámbito del mercado tradicional con una empresa integrada por gente que no tiene conocimiento de economía y marketing". La cooperativa de calzado es la que mejor funciona, según Fernández, y vende los pares de zapatos de cuero a cien bolívares cada uno, lo que les ha permitido realizar operativos de venta en San Fernando de Apure y en Caracas.

(Publicado en www.avn.info.ve - Fotos: Emilio Guzmán)