miércoles, 15 de mayo de 2013

Cuando atraparon a La Bestia


(Cuando el periodista -y gran compañero- Pablo Llonto me contó la historia de César Romero no la podía creer. Principalmente, porque La Bestia había vivido en Pergamino durante muchos años y en la ciudad se había formado como boxeador. La historia la escuché mientras Pablo y el Canga Bonet recordaban a Romero en un estudio de radio de Pergamino. Pablo había venido a la ciudad a presentar ese librazo-investigación-denuncia que es “La Vergüenza de todos”, sobre el mundial de fútbol que la dictadura militar argentina capitalizó y utilizó para tapar el genocidio que estaba cometiendo en 1978. Después Pablo me dijo que escribiera la vida de Romero para la Revista UnCaño. Le hice caso y salió publicada, no sé muy bien cuándo. Ahora la encontré y la comparto). 

En ese instante donde la mente está a punto de borrar todo lo imaginado, cuando nada importa y sólo se respira la posibilidad de la muerte, pensó en los mellizos. También observó, en una fracción de segundo, por dónde venía la policía. Después, el sonido de los disparos se enredó con sus puteadas y el olor a pólvora que le colgaba de una mano. Las balas zumbaban y la pistola martillaba frente a sus ojos. Pero, por última vez, en lo único que pensó fue en su familia. Y en ese instante entendió que cuando las balas rozan la vida nadie puede pensar en nada. Ahí agazapado, calculando los movimientos de los uniformados, César La Bestia Romero cumplió como pocos sus códigos de lealtad y amistad.

Ocho días atrás había rozado la gloria con los puños. Llegó a Montecarlo clasificado sexto en el ranking mundial de los mediopesados del Consejo Mundial de Boxeo y con 21 peleas como profesional, de las cuales ganó 15 (12 por nocaut), igualó 3 y perdió 3. Si triunfaba ante el venezolano Fulgencio Obelmejías estaría a un paso de competir por el título mundial contra el estadounidense Michael Spinks. Otro argentino viajó para realizar las peleas de semi fondo: Juan Domingo Martillo Roldán chocaría con André Mongelema.

En la historia de Romero quedaba una infancia humilde de familia obrera con siete hermanos. De niño, recordaba que “a nosotros nunca nos faltó nada” e imaginaba un futuro como abogado. “Yo me hacía la idea de que iba a ser un tipo así, medio paladín. Paladín en el sentido de ser el que sacaba la cara por los amigos”. Romero, o como le decían sus amigos, Che Grandote, todavía no fantaseaba con una carrera boxística. Las necesidades cotidianas lo llevaban a “changear” en la puerta de un club de golf y entre los ocho y doce años a trabajar en una fábrica textil.

A los once dejó marcado en su cuerpo el primer tatuaje que luego se multiplicaría en casi treinta figuras diseminadas por toda la piel. Un águila en el pecho fue la marca registrada cuando su vida se definía en los cuadriláteros. La Bestia abría los brazos, los extendía debajo de las luces y el águila se inflaba en el pecho. Las alas de tinta escapaban del cuerpo y parecía que se enroscaban en su espalda, atrapándolo.

A esa edad también fue su primera entrada a una comisaría. “Resulta que me topé con un tipo en curda en la puerta de un billar. El tipo no quería dejarme entrar y empezó a manotearme y a amenazarme. Le dije que no lo hiciera y nada: me insultó fiero. Entonces logré abrir la puerta y de un piñazo en la cara lo enterré debajo de la mesa de billar”, recordó a la revista El Gráfico. El resultado fueron tres días en las sombras.

Desde los 15 a los 17, sus entradas y salidas en comisarías se alternaron con trabajos ocasionales: repartidor de soda y vino, chapista, bañero, obrero en una fábrica de peines y constructor de caños de cemento. Luego de seis meses preso por robar un depósito de quesos en Liniers, la policía se cruzó nuevamente en su vida. “No había pruebas pero un chabón tiró mi nombre y terminé pagando las cosas que había hecho y que no había hecho”, afirmó. El peregrinaje lo llevó por los penales de Olmos, Mercedes y Villa Devoto. Detrás de esas rejas comenzó los entrenamientos.

De las tumbas a la familia

En marzo de 1978, en medio de la noche, las puertas se abrieron y Romero se reencontró con la libertad. “Viajé como pude a mi casa y cuando llegué, a las cuatro de la mañana, a la primera que encontré fue a mi vieja. Lloré por primera vez y juré: nunca más, nunca más...”. Al poco tiempo fue al Chaco con sus padres y a los tres meses debutó en el boxeo amateur. Después se trasladó a Pergamino y su carrera tomó forma. En total, Romero estuvo encarcelado cinco años y seis meses.

El Canga Bonet fue su entrenador en esa ciudad. Junto al boxeador José María Flores Burlón, La Bestia inició sus primeras armas de forma seria y responsable. Bonet lo recuerda como “un chico con un corazón como una mesa”, que al llegar logró lo que pocas personas al salir de la prisión: “En los años más duros, cuando vos no tenés ni para morfar, jamás tuvo una mínima insinuación de eso. Era un tipo formidable, se metió de novia con la que después fue su mujer, Alejandra, y tuvo dos hijos mellizos. Lo único que me acuerdo que me decía era que para los hijos quería lo mejor. Yo viví la peor época de su vida, cuando una persona sale de la cárcel y hubo que reinsertarlo”. Mientras entrenaba, retomó su trabajo de chapista y, periódicamente, era visitado por una asistente social.

“Se entrenaba de amateur tres veces por semana –explica Bonet- Era muy duro, muy torpe, pero era un tipo fortísimo, lo tenías que sacar del gimnasio. Se cuidaba, no tomaba, si le decías que tenía que correr cuatro kilómetros, corría siete. En Pergamino lo querían toneladas”.

Flores Burlón también retrocede en el tiempo y habla sobre su compañero de entrenamientos: “Si tenía que brindarse por vos se brindaba, no había ningún problema. Aparte era muy puntual para ir a correr a la mañana, para ir al gimnasio, para todo”. De esta época le quedó inmortalizado el apodo: La Bestia. Resumía su forma de entrenar, incansable.

La carrera de la La Bestia comenzó a escalar y en poco tiempo se hablaba de él en Buenos Aires y en especial en el Luna Park. En Pergamino, Romero le diría a sus allegados que no quería volver a Buenos Aires. Tal vez para cuidar a su familia, o para que la tentación no se le cruzara a la vuelta de la esquina.


De Europa a Isidro Casanova 

El 6 de julio de 1984 comenzó su último viaje. Partió hacia la pelea más soñada por los boxeadores: la que abre la posibilidad de combatir por la corona máxima.

Su entrenador era Ricardo Martinetti, que rememora las semanas previas: “La preparación fue muy intensa y él estaba muy bien, pero había tenido unos problemas: lo habían lastimado en las costillas”. Haciendo guantes con Martillo Roldán, una mano le llegó fuerte y Romero no se pudo recuperar de la fisura de dos costillas.

“Tito” Lectoure y el equipo que acompañaba a Roldán viajaron también a Europa. A ellos se sumaron el hermano de Romero, Saúl, y su amigo Daniel Rodríguez. Durante los días en que el boxeador preparó su físico y mente para enfrentar a Obelmejías, ninguno de sus acompañantes se mostró demasiado. La única vez que llegaron hasta el lugar donde entrenaban, Romero pidió permiso para que ellos pudieran entrar como observadores.

La pelea fue difícil. La experiencia, dicen algunos, pesó demasiado. Obelmejías lo doblaba en combates y las crónicas de la derrota por puntos le achacaron su falta de reacción y no poder descifrar los planteos de “un boxeador con inteligencia y recursos”.

Martinnetti analiza que “se le hizo la pelea difícil, pero fue muy pareja: así como perdió, podría haber ganado”. Al otro día, quien dio su opinión fue Horacio Accavallo: “En cuanto a Romero, yo sigo creyendo en él. Me gusta su base de peleador. Ayer pagó el tributo a su inexperiencia internacional frente a un rival ducho”. El propio Romero declaró sus pareceres y se sinceró diciendo que “se me fue de las manos de una forma increíble”. Dolorido por su actuación, La Bestia relató “que nunca lo pude agarrar con una derecha neta. Le tiré como veinte y las amortiguó bien”.

La vuelta al país fue silenciosa y rodeada por la incertidumbre del futuro. En el avión, Lectoure le dio ánimo, prometiendo una nueva fecha para el título argentino. La Bestia había comprado regalos: dos autitos para sus mellizos, una botella de chianti para su padre y recuerdos para su esposa, su madre y algunos amigos.

El lunes 16 de julio, a las nueve de la mañana, el avión carreteó la pista. Ocho días después, César Romero sería nuevamente tapa de los diarios.

Martinetti señala esa última semana, cuando Romero se encontraba descansando: “No tenía contacto con él. Para mí fue una sorpresa terrible, un dolor muy grande, que me llevó a dejar el boxeo. Yo era entrenador, hacía poco que había dejado de boxear y me amargó mucho, dediqué a mi vida en otra cosa y recién ahora volví”.

Los titulares llevaban letras catástrofes: “Boxeador y asaltante: abatieron a César Romero en Isidro Casanova”.

El lunes 23 a la mañana, La Bestia junto a su hermano Saúl llegaron a la casa de Rodríguez. Tomaron mates, dijeron que iban a arreglar un auto y salieron. Una hora y media después, en la comisaría de Ramos Mejía, denunciaron el robo de un auto que se dirigió a hacia la administración de la empresa de transportes La Plata. Pertrechados con armas cortas y largas, los hermanos Romero, Rodríguez y Carlos María Centurión bajaron. Los acompañaban dos personas más en otro auto. El botín fue de 2.500.000 pesos argentinos. En pocos minutos llegaron a la compañía de transportes Almafuerte en Isidro Casanova, pero la policía estaba avisada. El tiroteo duró 40 minutos y el barrio se estremeció. A los hermanos Romero las balas policiales los alcanzaron al igual que a Rodríguez y Centurión.

Después de tantos años, Martinetti esgrime la razones que tuvo La Bestia para participar en los asaltos: “Creo que no quería hacer más lo que hizo, creo que fue inducido por sus amigos, como que podría ser el último robo, pero es una fantasía mía, no sé la realidad”.

Bonet, su primer entrenador, también recrea sus ideas: “Cuando se fue a Buenos Aires, medio que no me gustó. Él siempre decía que no quería volver. Fijáte la comparación: estuvo durante cuatro o cinco años en Pergamino boxeando y nunca tocó ni un dedo. Se va a Buenos Aires, está en su mejor momento de la carrera deportiva porque viene de pelear con Obelmejías, iba a estar metido en el ranking del mundo, era un tipo que iba a gustar en Estados Unidos, no tenía ningún sentido que fuera a robar. Estoy seguro que fue por acompañar a sus amigos, no me cabe ni la menor duda”.

Romero había declarado a la prensa que su vida era otra y si llegaba a hacer una “macana, prefiero la boleta antes que volver”. Su principal objetivo era que sus hijos estudiaran y alejarlos de los golpes como salida para abrirse camino. Todos coinciden en que lo que más disfrutaba era estar en familia y contarles a los mellizos historias sobre sus tatuajes. Arriba del ring, dice Martinetti, “tenía el ángel del boxeador agresivo, fuerte. Daba ganas de comprar una entrada y verlo pelear”.

César Romero había nacido el 25 de enero de 1955 en Merlo, provincia de Buenos Aires. Cuando la policía lo mató sólo tenía 29 años.

(Publicado en revista UnCaño)

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