sábado, 22 de diciembre de 2012

El vengador del dedito


La historia fue así: anoche estaba con mi chica y unos amigos y amigas en Sábana Grande, disfrutando del concierto de Skatalais, demasiada buena vibra en el lugar, toda la gente bailando, saltando en medio del calor y la dulzura del aire. Entonces, casi al final del concierto, se me acerca un flaco, barba, pelo largo, medio coloradito, bastante más alto que yo. En medio de la potencia musical de los Skatalais, me pregunta si soy español. Que me pregunten eso ya no me extraña ni molesta, porque con mi cara de gringo es común que me hablen en inglés como si fuera mi lengua materna o me confundan con europeo. Le respondo al pibe: "No, hermano, soy argentino". Pensé que él también era argentino, pero no. Sin dejarme decir nada más, dispara: "Tu no entiendes nada de lo que pasa acá". Y empujándome con su dedito índice (muy valiente ese dedito), me regala: "Eres una jalabolas y un pajuo". Delante mío, un señor le dijo al muchacho del dedito valiente que se calme, que todos estamos disfrutando de la música. 

¿Cuál fue la razón para que ese pibe -y su dedito vengador-, se comportara así? Yo había tenido la genial idea (bastante molesta para él, por lo visto) de ponerme una franela con los ojos del presidente Chávez. 


Y acá viene la reflexión: hay que estar bastante afectado mentalmente como para estar pendiente (en el caso del muchacho del dedito) de rastrear a tipos (mi caso) con caras de gringos, con franelas con la imagen del Jefe en medio de un concierto hermoso, y cuando lo tenés en la mira, encararlos y, como decimos por el sur, bardearlo de arriba a abajo. Hay que tener la cabeza rellena de alpiste para pensar (como fue el caso del muchacho del dedito heroico) que una bravuconada de esa calaña pueda afectar a alguien que apoya el proceso revolucionario que vive Venezuela. Aparte, ¿qué carajo hacía el muchacho del dedito, si por lo visto es tan radicalmente opositor, disfrutando de los Skatalais en un concierto organizado por Pdvsa La Estancia? Porque si ese jovencito, de ímpetu rebelde e implacable (eso lo debe pensar él), en vez de molestar a la gente -sobre todo a los que venimos de otros países a conocer y vivir en un país que es ejemplo en el mundo-, se relajara cinco minutos, se dejara llevar por el buen dub de los Skatalais y fumara un poquito de ganya para bajar tensiones, su vida (y sólo su vida, porque la mía es demasiado buena y feliz), podría ser un poco más atractiva. Pero no. Ciegos, nublados por el odio, obtusos a niveles nunca antes visto, los opositores venezolanos (espero que no todos, aunque lo dudo) lo único que pueden hacer es eso: bardear, molestar, agredir, comportarse como niños caprichosos y mal criados. 

Dos cosas me quedaron de esa situación vivida anoche: el señor que estaba delante mío, y que le pidió al muchacho del dedito que se calmara, después me pidió disculpas. No es la primera vez que me pasa de estar presente durante un ataque de ira de algún opositor (momentos donde se ven las escenas más increíbles de racismo), y que otra persona presente en el lugar después me pida disculpas por la actitud de ese lunático. Lo otro que me quedó: cuando el vengador del dedito se fue casi corriendo tras decirme todo eso, intenté salir a buscarlo y aclararle algunos puntos (sobre todo que alguna de mis manos le aclare a su cara ciertas cosas), pero alguien me dijo: "Cuando ellos tengan ocho millones y medios de votos, entonces hablamos..." Me quedo entonces con los Skatalais, con el señor que me pidió disculpas, con toda esa gente linda que se reunió en Sábana Grande y con Chávez... Punto, final...

(Caracas, 22 de diciembre, 2012)

viernes, 21 de diciembre de 2012

El Canario de Apure: 80 años a paso de vencedores


Se acerca con paso lento, apoyando el bastón en la tierra. Con apenas 80 años, El Canario de Apure no ha perdido ni la elegancia ni la voz. Con un sombrero negro del que nunca se despega, saluda, estrecha las manos y su sonrisa es una línea blanca en la piel morena y curtida por el sol de los llanos venezolanos.

"Vamos a paso de vencedores", responde cuando un grupo de trabajadores le pregunta cómo anda. Enrique Aguirres Contreras es bajo, fornido, de pisadas cortas y firmes. No existe persona en los llanos apureños que no lo reconozca.

Es una mañana fresca en la Empresa Socialista Agroganadera Marisela, ubicada en el hato El Frío. El sol todavía no se ha transformado en una brasa ardiente que cuelga del cielo.

-"Epa, Canario, ¿cómo va la vaina?", dice una voz.

El Canario saluda con un movimiento de cabeza y se acerca para devolver la gentileza. Nacido en el vecindario El Jobo, del pueblo apureño de Achaguas, donde todavía vive, Aguirres Contreras es poeta, músico, cantante y escultor. Sus cualidades de artista las lleva siempre con él: en medio de una conversación recita un poema donde los llaneros son los protagonistas, recuerda actuaciones y viejas grabaciones en las que participó, o explica de dónde viene su inspiración cuando talla la madera.

"Lo que miro, lo hago, y lo que no también. Cuando salgo y me inspiro meto todo en la computadora de la mente", dice con frases cortas y un tono de voz difícil de captar.

Al referirse a la música de estos tiempos, Contreras es sincero y afirma: "Lo que me arrecha de los cantantes nuevos es la corrida de güevonadas y malas palabras que dicen".

Los días del Canario se reparten entre su familia, su trabajo como promotor cultural en Apure y actos y recitales a donde es invitado.

-¿Y qué talleres da?

-Cualquier vaina, responde, pero en realidad, los talleres van desde la teoría musical a la confección de bordados campechanos.


Sobre su familia, Aguirres Contreras resume su historia con pocas palabras también: "Entre hijos, nietos y bisnietos tengo buenos votantes para ganar una alcaldía".

Entre los títulos que carga el Canario sobre su espalda se encuentran ser el primer cantor que grabó un disco de música llanera, en 1950, y haber sido galardonado como patrimonio cultural viviente de Apure.

"Yo soy práctico, en toda la vida hay que ser práctico, en política también", dice Contreras, mientras camina hacia un grupo de trabajadores que debajo de unos árboles se toman un descanso después de vacunar y arrear ganado. Cuando El Canario se acerca otra vez los saludos se entrecruzan y, sin que nadie lo proponga, lo invitan a comer un poco de carne en vara, que se asa a fuego lento en un reparo de árboles y plantas.

"A uno lo que le provoca lo puede hacer cuando está vivo, porque después es otra vaina", señala Contreras.

En uno de los árboles cuelga una media res. Uno de los trabajadores llena una bolsa con carne y se la ofrece al Canario, que sigue mirando a todos con sus ojos achinados y caídos, que por momentos lo muestran distante y huidizo.

"Llanero es cualquier cosa aunque usted se lo figure", dice el Canario antes de despedirse hasta la próxima.

(Publicado el 21 de diciembre de 2012 en www.avn.info.ve - Fotos: Emilio Guzmán)

domingo, 2 de diciembre de 2012

“Mi Hemingway personal”, por Gabriel García Márquez


(La perfección y la belleza. Es la síntesis que Gabriel García Márquez logra en este relato-prólogo que acompaña la edición de los cuentos completos de Ernest Hemingway. ¡Salud!)


Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido cincuenta y nueve años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de La Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir.

Por una fracción de segundo –como me ha ocurrido siempre– me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reserva. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: “Maeeeestro”. Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: “Adiooooós, amigo”. Fue la única vez que lo vi.

Yo era entonces un periodista de veintiocho años, con una novela publicada y un premio literario en Colombia, pero estaba varado y sin rumbo en París. Mis dos maestros mayores eran los dos novelistas norteamericanos que parecían tener menos cosas en común. Había leído todo lo que ellos habían publicado hasta entonces, pero no como lecturas complementarias sino todo lo contrario: como dos formas distintas y casi excluyentes de concebir la literatura. Uno de ellos era William Faulkner, a quien nunca vi con estos ojos y a quien sólo puedo imaginarme como el granjero en mangas de camisa que se rascaba el brazo junto a dos perritos blancos, en el retrato célebre que le hizo Cartier-Bresson. El otro era aquel hombre efímero que acababa de decirme adiós desde la otra acera, y me había dejado la impresión de que algo había ocurrido en mi vida, y que había ocurrido para siempre.


No sé quién dijo que los novelistas leemos las novelas de los otros sólo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página sino que la volteamos al revés, para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería personal. Esa tentativa es descorazonadora en los libros de Faulkner, porque éste no parecía tener un sistema orgánico para escribir sino que andaba a ciegas por su universo bíblico como un tropel de cabras sueltas en una cristalería. Cuando se logra desmontar una página suya, uno tiene la impresión de que le sobran resortes y tornillos y que será imposible devolverla otra vez a su estado original. Hemingway, en cambio, con menos inspiración, con menos pasión y menos locura, pero con un rigor lúcido, dejaba sus tornillos a la vista por el lado de fuera, como en los vagones de ferrocarril. Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio.

No sólo por sus libros sino por su asombroso conocimiento del aspecto artesanal de la ciencia de escribir. En la entrevista histórica que le hizo el periodista George Plimpton para Paris Review, enseñó para siempre –contra el concepto romántico de la creación– que la comodidad económica y la buena salud son convenientes para escribir, que una de las dificultades mayores es la de organizar bien las palabras, que es bueno releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no haya visitas ni teléfono, y que no es cierto que el periodismo acabe con el escritor, como tanto se ha dicho, sino todo lo contrario, a condición de que se abandone a tiempo. “Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer –dijo–, sólo la muerte puede ponerle fin.” Con todo, su lección fue el descubrimiento de que el trabajo de cada día sólo debe interrumpirse cuando ya se sabe cómo se va a empezar el día siguiente. No creo que se haya dado jamás un consejo más útil para escribir. Es, ni más ni menos, el remedio absoluto contra el fantasma más temido de los escritores: la agonía matinal frente a la página en blanco.

Toda la obra de Hemingway demuestra que su aliento era genial, pero de corta duración. Y es comprensible. Una tensión interna como la suya, sometida a un dominio técnico tan severo, es insostenible dentro del ámbito vasto y azaroso de una novela. Era una condición personal, y el error suyo fue haber intentado rebasar sus límites espléndidos. Es por eso que todo lo superfluo se nota más en él que en otros escritores. Sus novelas parecen cuentos desmedidos a los que les sobran demasiadas cosas. En cambio, lo mejor que tienen sus cuentos es la impresión que causan de que algo les quedó faltando, y es eso precisamente lo que les confiere su misterio y su belleza. Jorge Luis Borges, que es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, tiene los mismos límites, pero ha tenido la inteligencia de no rebasarlos.


Un solo disparo de Francis Macomber contra el león enseña tanto como una lección de cacería, pero también como un resumen de la ciencia de escribir. En algún cuento suyo escribió que un toro de lidia, después de pasar rozando el pecho del torero, se volvió “como un gato doblando una esquina”. Creo, con toda humildad, que esa observación es una de las tonterías geniales que sólo son posibles en los escritores más lúcidos. La obra de Hemingway está llena de esos hallazgos simples y deslumbrantes, que demuestran hasta qué punto se ciñó a su propia definición de que la escritura literaria –como el iceberg– sólo tiene validez si está sustentada debajo del agua por los siete octavos de su volumen.

Dentro de esa línea, para mi gusto, el cuento donde mejor se condensan sus virtudes es uno de los más cortos: “Gato bajo la lluvia”. Sin embargo, aunque parezca una burla de su destino, me parece que su obra más hermosa y humana es la menos lograda: Al otro lado del río y entre los árboles. Es, como él mismo reveló, algo que comenzó por ser un cuento y se extravió por los manglares de la novela. Es difícil entender tantas grietas estructurales y tantos errores de mecánica literaria en un técnico tan sabio, y unos diálogos tan artificiales y aun tan artificiosos en uno de los más brillantes orfebres de diálogos de la historia de las letras. Cuando el libro se publicó, en 1950, la crítica fue feroz. Porque no fue certera. Hemingway se sintió herido donde más le dolía, y se defendió desde La Habana con un telegrama pasional que no pareció digno de un autor de su tamaño. No sólo era su mejor novela sino también la más suya, pues había sido escrita en los albores de un otoño incierto, con las nostalgias irreparables de los años vividos y la premonición nostálgica de los pocos años que le quedaban por vivir. En ninguno de sus libros dejó tanto de sí mismo, ni consiguió plasmar con tanta belleza y tanta ternura el sentimiento esencial de su obra y de su vida: la inutilidad de la victoria. La muerte de su protagonista, de apariencia tan apacible y natural, era la prefiguración cifrada de su propio suicidio.Esa conciencia técnica será sin duda la causa de que Hemingway no pase a la gloria por ninguna de sus novelas sino por sus cuentos más estrictos. Hablando de Por quién doblan las campanas, él mismo dijo que no tenía un plan preconcebido para componer el libro sino que lo inventaba cada día a medida que lo iba escribiendo. No tenía que decirlo: se nota. En cambio, sus cuentos de inspiración instantánea son invulnerables. Como aquellos tres que escribió en la tarde de un 16 de mayo en una pensión de Madrid, cuando una nevada obligó a cancelar la corrida de toros de la feria de San Isidro. Esos cuentos –según él mismo le contó a George Plimpton– fueron “Los asesinos”, “Diez indios” y “Hoy es viernes”, y los tres son magistrales.

Cuando se convive por tanto tiempo con la obra de un escritor entrañable, uno termina sin remedio por revolver su ficción con su realidad. He pasado muchas horas de muchos días leyendo en aquel café de la place de Saint Michel que él consideraba bueno para escribir, porque le parecía simpático, caliente, limpio y amable, y siempre he esperado encontrar otra vez a la muchacha que él vio entrar una tarde de vientos helados, que era muy bella y diáfana, con el pelo cortado en diagonal, como un ala de cuervo. “Eres mía y París es mío”, escribió para ella, con ese inexorable poder de apropiación que tuvo su literatura. Todo lo que describió, todo instante que fue suyo, le sigue perteneciendo para siempre. No puedo pasar por el número 112 de la calle del Odeón, en París, sin verlo a él conversando con Sylvia Beach en una librería que ya no es la misma, ganando tiempo hasta que fueran las seis de la tarde por si acaso llegaba James Joyce. En las praderas de Kenia, con sólo mirarlas una vez, se hizo dueño de sus búfalos y sus leones, y de los secretos más intrincados del arte de cazar. Se hizo dueño de toreros y boxeadores, de artistas y pistoleros que sólo existieron por un instante, mientras fueron suyos. Italia, España, Cuba, medio mundo está lleno de los sitios de los cuales se apropió con sólo mencionarlos. En Cojímar, un pueblecito cerca de La Habana donde vivía el pescador solitario de El viejo y el mar, hay un templete conmemorativo de su hazaña con un busto de Hemingway pintado con barniz de oro. En Finca Vigía, su refugio cubano, donde vivió hasta muy poco antes de morir, la casa está intacta entre los árboles sombríos, con sus libros disímiles, sus trofeos de caza, su atril de escribir, sus enormes zapatos de muerto, las incontables chucherías de la vida y del mundo entero que fueron suyas hasta su muerte, y que siguen viviendo sin él con el alma que les infundió por la sola magia de su dominio. Hace unos años entré en el automóvil de Fidel Castro –que es un empecinado lector de literatura– y vi en el asiento un pequeño libro empastado en cuero rojo. “Es el maestro Hemingway”, me dijo. En realidad, Hemingway sigue estando donde uno menos se lo imagina –veinte años después de muerto–, tan persistente y a la vez tan efímero como aquella mañana, desde la acera opuesta del bulevar de Saint Michel.

(Gabriel García Márquez)

jueves, 29 de noviembre de 2012

Lección de periodismo en apenas dos párrafos (de la pluma de Hunter S. Thompson)


¿Qué convierte a una persona en un gran periodista? Tomar algo simple, cotidiano, que se encuentra perdido en el caos de la ciudades, y transformarlo en una perfecta descripción que transmita profundidades y sentimientos que nos sitúen en el medio de un artículo y respirar su aire, saborear lo dulce y amargo de una vida, sentir a los personajes en la piel.

Y cuando alguien lea ese artículo, cargado de imágenes que todos los días pasan frente a nuestros ojos, se pregunte cómo hizo ese periodista para escribir algo que, tal vez, si todos estuviéramos con las antenas permanentemente activadas se nos habría ocurrido. Pero no, para captar la esencia y rescatar el diamante hundido en la mugre, para esas cosas están los grandes periodistas, un puñado que sale a la luz cada tanto, humildes, comprometidos con sus pensamientos, sedientos de verdad, un poco dementes, otro poco paranoicos, disciplinados a su manera, conscientes de que sus vidas no tienen ni mañanas ni noches. 


¿Un ejemplo? Estos dos párrafos de “Fame Is a One-Way Ticket”, escrito por Hunter S. Thompson en 1956:

“La historia de Joe Luis no es nueva; es la historia de la estrella que vive más que su luz; el temible meteorito que no se ha desintegrado en mitad del aire, en el punto culminante de su trayectoria, sino que ha caído a plomo sobre la misma tierra poblada de millones que, momentos antes, habían observado su belleza boquiabiertos.

”Al mundo le gusta mirar a sus estrellas situadas en lo alto. El meteorito que cae de los cielos no sólo está apagado cuando toca tierra, sino que abre su propia tumba con su impacto. Así como la multitud mira con curiosidad el meteorito caído y luego se dispersa, la masa que rodea a Joe Luis se está reduciendo. Él sigue en pie, dolorosamente desconcertado en un mundo que jamás se tomó la molestia de comprender. La ovación de la entusiasmada multitud se ha convertido en el susurro de la minoría de curiosos. El fin es inevitable”.

*Joe Louis, 1914-1981: boxeador estadounidense, conocido como “El Bombardero de Detroit”, campeón mundial del peso pesado 1936-1949.
(Caracas, 28 de noviembre, 2012)

martes, 27 de noviembre de 2012

Guerra nuestra: crónicas de la violencia de la Cuarta República


El periodismo como un cross a la mandíbula de la realidad. Así se puede resumir el libro Guerra nuestra. Crónica criminales (1997-1999), recopilación de artículos del periodista y escritor José Roberto Duque, publicados en los diarios El Nacional y El Mundo.

Editado por Fundación Senzala, las crónicas reunidas tienen como eje central la violencia del Estado contra las capas más humildes de la población venezolana. Además de los típicos y comunes operativos policiales durante la Cuarta República, que apuntaban a castigar a los más pobres, Duque también se detiene en otras formas de violencia, como las que sufren las personas de bajos recursos que acuden a una clínico u hospital.

Siguiendo el camino del "nuevo periodismo", y en momentos del "periodismo gonzo", que fundó el estadounidense Hunter P. Thompson en la década del sesenta, el autor de libros como Salsa y control y Del 11 al 13, escarba en las cloacas de la sociedad y no duda en ubicarse del lado correcto: contra la represión policial; la desidia de médicos y doctores y la pacatería que durante décadas a asumido una parte de la sociedad.

Policías que lanzan desde un primer piso a un adolescente falsamente acusado de narcotraficante, una embarazada que pierde su movilidad y su vida por una mala práxis, ajustes de cuentas donde el poder políticos ronda y protege, son una constante en la crónicas de Duque.

Aunque en los textos se recogen expedientes judiciales y declaraciones oficiales, los hilos centrales de las historias son relatados por las víctimas que encuentran en el periodismo sus últimas esperanzas ante el silencio de los poderes judicial y político.

Un punto aparte merece la edición del libro, que rompe las convenciones estéticas y suma las ilustraciones de Aarón Mundo, que remiten a la obra del dibujante argentino Luis Scafati, responsable de graficar libros como La ciudad ausente, de Ricargo Piglia, La metamorfosis, de Franz Kafka y Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra.

En Guerra nuestra, crónicas y dibujos transmiten de manera precisa la violencia del Estado, la impunidad de los cuerpos represivos, las angustias de los más pobres y la desesperación ante la falta de justicia en décadas pasadas. Estos hechos, como bien apunta Duque, en la actualidad atraviesan transformaciones que buscan profundos cambios para que los más humilde no sean nunca más la carne de cañón cotidiana.

(Publicado en www.avn.info.ve el 26 de noviembre de 2012)

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Utopías en movimiento: en busca de la literatura latinoamericana


Al eterno debate sobre el significado de la literatura y su rol en la sociedad, y a la solemnidad que muchas veces envuelve el arte de la escritura, el colombiano Gabriel García Márquez le quitó el anquilosamiento y dijo en 1972, al recibir el Premio Internacional de Nóvela Rómulo Gallego, que había llegado a Caracas "sencillamente por mi antiguo y empecinado afecto hacia esta tierra en que una vez fui joven, indocumentado y feliz, y como un acto de cariño y solidaridad con mis amigos de Venezuela, amigos generosos, cojonudos y mamadores de gallo hasta la muerte. Por ellos he venido, es decir, por ustedes".

Su discurso, junto al de otros 16 ganadores, desde 1967 hasta 2009, fueron reunidos en un volumen publicado este año por la Fundación Celarg y Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Utopías en movimiento es un libro que permite ver la metamorfosis de la literatura latinoamericana durante cuatro décadas. Además invita a profundizar en el eterno debate sobre el quehacer literario, su compromiso con la realidad que habita, la posición del escritor en su tiempo y la creación de nuevas estéticas y formas de escritura.

Estas inquietudes atraviesan los discursos, desde el del peruano Mario Vargas Llosa, premiado en 1967 por su novela La casa verde, hasta el del argentino Ricardo Piglia, galardonado en 2009 por su obra Blanco nocturno.

En el caso de Vargas Llosa, que en esa época todavía defendía las causas populares del continente, aparecía la crítica hacia el sistema y su trato a los escritores.

Para el peruano, en un principio el artista era excluido y denigrado, hasta que fue asimilado por la burguesía. Pelear contra esto, planteaba Vargas Llosa, y concebir a la literatura como "una forma de insurrección permanente" que no "admite las camisas de fuerza". "La literatura puede morir pero no será nunca conformista", aseveraba.

Luego de más de 40 años, el argentino Piglia defendía los "relatos sociales" como uno de los motores de la literatura. En su discurso, el autor de novelas como Respiración artificial y La ciudad ausente, explicaba "que si por un procedimiento mágico pudiéramos tener a disposición todos los relatos que circulan en una ciudad en un día, sabríamos más sobre ese lugar que analizando informes políticos, noticias, encuestas, estadísticas o recibiendo el discurso de los medios".

Piglia también convocaba a crear una literatura que persistiera "en su aspiración a la verdad y esa aspiración la justifica".

Entre el primer ganador del Rómulo Gallego, y el último, en medio aparecen las grandes discusiones literarias de América Latina encabezadas por los demás galardonados como Elena Poniatowska, Isaac Rosa, William Ospina, Carlos Fuentes, Arturo Úslar Pietri, Ángeles Mastretta y Roberto Bolaño, entre otros.

En su escueto discurso, y como advertencia clara, y a su vez propuesta en el campo de la cultura, García Márquez manifestaba una idea en la década del 70, que no ha perdido vigencia: "los escritores no estamos en el mundo para ser coronados; siempre he creído y muchos de ustedes lo saben, que todo homenaje público es un principio de embalsamiento. Siempre he creído, en fin, que los escritores no lo somos por nuestros propios méritos, sino por la desgracia de que no podemos ser otra cosa y que nuestro trabajo solitario no debe merecernos más recompensas ni más privilegios, que los que merece el zapatero por hacer sus zapatos".

(Publicado el 13 de noviembre de 2012 en www.avn.info.ve)

jueves, 8 de noviembre de 2012

El placer de extraviarse en Teherán


I

Las noches de otoño en Teherán son frías y limpias. Atrás quedan las horas en las que autos y motos forman largas colas y confirman que el tránsito en la capital iraní es, por lo menos, descontrolado. Igualmente, desde que uno pisa la ciudad, la tranquilidad se pega al cuerpo y se convierte en una sensación que lo acompaña durante el resto de la estadía.

Los edificios, grises y sobrios, en momentos se confunden con el cielo de las mañanas templadas. El sol es apenas un suspiro que ayuda al desprevenido que imaginó un otoño primaveral en Irán. Si la ciudad mantiene un color monótono, esto se corta cuando se avanza por las avenidas y aparecen destellos en el camino: grandes murales coloridos donde resplandece la cara del líder de la Revolución Islámica, Ruhollah Khomeini; un edificio con un sol en la parte superior derecha y una bandada de pájaros multicolores que vuelan hacia él; una parada de autobuses con dibujos que llaman a utilizar el transporte público para reducir la contaminación. Rodeando Teherán, la cadena montañosa Alborz vigila a la ciudad. Y cuando uno la observa entiende que el frío desciende de sus picos, cubiertos de nieve y bruma, y se mezcla con el ajetreo diario de la capital de un país que hoy se encuentra en el centro de las grandes discusiones mundiales.


II

En el parque Laleh, en el centro de Teherán, muchachos y muchachas estiran la noche entre conversaciones, carcajadas y algunas conquistas amorosas. El lugar está tomado por jóvenes. Los caminos, sinuosos y laberínticos, se llenan de gente, aunque el frío crece mientras pasan las horas. En el pasto, sobre alfombras, en los bancos del parque, todos se reúnen.

Para el visitante, perderse en el parque Laleh se convierte en una buena noticia. Dos cronistas de la Agencia Venezolana de Noticias (AVN) pudieron constatar esto, luego de agotar las esperanzas de salir del lugar.

Tal vez por la oscuridad, por los árboles que cierran el cielo o los caminos ondulantes, perderse en ese lugar es común para los desprevenidos. Por lo demás, el parque se convierte en un espacio de encuentro y relajación para los vecinos.

Son las diez de la noche y la gente hace ejercicio, juega al fútbol y al badminton, se reúnen para definir partidas de ajedrez, y un pequeño bazaar todavía se encuentra abierto para quien desee tomar un té frío o comprar alguna artesanía.

Milad está con un amigo y ambos se convierten en los guías de estos cronistas que se han extraviado. Los dos son estudiantes universitarios y cuando les contamos de dónde venimos, Milad expresa sin vacilar: "Venezuela ahora es un gran amigo de Irán". Acto seguido, ambos preguntan por el presidente Hugo Chávez y su salud, y nos felicitan porque el mandatario ganó las elecciones de octubre pasado.

El amigo de Milad se mueve a nuestro alrededor mientras caminamos. No lo detiene la vergüenza y grita, salta, mientras nombra al presidente venezolano. También se emociona cuando nombramos a Diego Maradona y su excitación alcanza el máximo cuando le decimos que uno de nosotros es fanático de fútbol.

Milad, como la mayoría de los iraníes, no deja de preguntar: quiere saber cómo son las universidades en Venezuela, cómo funciona internet, cuál es el clima del país, qué se siente ser periodista del otro lado del océano y qué piensan los latinoamericano sobre Irán.

"A ustedes los necesitamos mucho", dice Milad. Llegamos al hotel. Nos despedimos con abrazos e intercambiamos nuestros correos electrónicos. Al otro día, Milad llama al hotel para saber cómo estamos y nos agradece la conversación en el parque Laleh.


III

Zahra, traductora que acompaña a los periodistas de la Agencia Venezolana de Noticias (AVN) en Teherán, hace unos días preguntó si los occidentales creíamos que en Irán se vivía en una guerra permanente. La visión de Zahra sobre lo que se dice de Irán es acertada. Pero caminar por la capital del país demustra lo contrario. "Nosotros no somos como en Afganistán y Paquistán, donde explotan bombas. Piensan que como estamos al lado de esos países, aquí sucede lo mismo", aclara.

Hoy en día, Irán se encuentra en una de las regiones más convulsionadas del mundo. En Medio Oriente existe una pugna entre los pueblos que intentan dejar atrás la dependencia con Estados Unidos y las naciones musulmanas que mantienen una alianza estratégica con Washington, como Arabia Saudita, Qatar y Turquía. En medio de estas tensiones, la presencia de Israel sigue generando asperezas y malestares. En los últimos meses, el gobierno de Benjamin Nethanayu ha aumentado sus amenazas contra Teherán, asegurando que se encuentran preparados para atacar. Las Fuerzas Armadas iraníes no se han quedado atrás y han dicho más de una vez que tienen capacidad total para responder cualquier agresión. Por ahora, las amenazas de Israel y las respuestas de Irán se mantienen en declaraciones de funcionarios y jefes militares.

"En Teherán la vida es tranquila -dice Zahra-. Aquí viven chiitas, católicos y hasta israelíes, pero nos quieren hacer ver como bárbaros". La visión negativa que se difunde sobre la República Islámica, agrega Zahra, es responsabilidad de "los poderes superiores", y cualquier persona con sentido común entiende que se refiere a un país ubicado en el norte del continente americano.


IV

El bazaar es, simplemente, caótico. Estamos al norte de Teherán y, como ya es una costumbre, personas, autos y motos parecen que en cualquier instante van a colisionar. Luces colgando de alambres cruzados por el aire y una escalera irregular que desemboca en los pasillos angostos dan la bienvenida. Las personas avanzan en bloque y nada las detiene. Por momentos se transforman en víboras humanas que serpentean y miran los locales donde se pueden comprar desde dátiles y especias, hasta anillos y cadenas de plata.

Lo que a un visitante le puede parecer una discusión a gritos, es solamente el regateo entre comprador y vendedor. Abdollah es uno de esos vendedores, que acompaña su vozarrón con una cara seria y nada amigable. No sólo tiene que lidiar con el traductor, sino con un grupo de periodistas extranjeros que quieren comprar de manera frenética collares, alhajas, cofres de hueso de camello y leones tallados en piedra negra. Cuatro dólares, diez dólares, y algunas ideas sueltas y lejanas deja traslucir el farsi que Abdollah y el traductor negocian.

Pero el final es feliz tras varios minutos de regateo. Abdollah, que en ningún momento quiso ceder a la propuesta del traductor, optó por suspirar profundo y perder unos rials ante tan buena venta. Los saludos entre contrincantes ahora son más afables pero sus voces siguen tronando en medio del bazaar.

Afuera, Teherán se llena de luces amarillas que contrastan con el cielo negro. Entonces qué mejor que dejarse llevar por la marea de personas que buscan en los pasillos buenos precios, algunos alimentos y un regateo que ya no tendrá para los visitantes un sabor a pelea mortal.


V

No se puede conocer una ciudad, por más grande o pequeña que sea, en apenas siete días. Pero sí es posible cargarse de sensaciones e impresiones de lo cotidiano: la actitud de las personas, los colores y costumbres que cubren a una ciudad, miradas que se cruzan y cierta pulsión colectiva.

En Teherán hay centros comerciales, los más jóvenes se visten a la moda, el ritmo de vida es más tranquilo que en cualquier capital del mundo y no estallan bombas cada media hora. Esta última imagen no es caprichosa, sino un construcción realizada por los grandes medios de comunicación que desde hace varios años tienen a la nación persa como su blanco predilecto.

Por el contrario a este imaginario mediático, en Teherán, sin dejar de hablar con la gente, las impresiones tienen que ver con la cordialidad de los iraníes, su curiosidad por saber sobre Venezuela, la cultura del país y el presidente Chávez. En apenas una semana, se puede observar a un pueblo culto que no tiene inconveniente de compartir sus pareceres e inquietudes.

(Publicado en noviembre de 2012 en www.avn.info.ve)