jueves, 29 de agosto de 2013

"La guerrilla kurda mira con los ojos del Che"


"La guerrilla del Kurdistán tiene ojos argentinos, porque mira con los ojos del Che", dice un combatiente del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) mientras me estrecha la mano. Estamos en el cementerio Mehmet Karansugur, en las montañas de Kandil. Karansugur fue uno de los fundadores del PKK, asesinado en 1983 cuando se dirigía a una reunión con dirigentes del Partido Democrático del Kurdistán (PDK), liderado por Mesoud Barzani, actual presidente de la región autónoma del Kurdistán iraquí. La orden para matar a Karansugur, aseguran los combatientes del PKK, vino del propio PDK.

Kawa, guerrillero del PKK por veintiún años, me había explicado días atrás que al ser fundada la organización, la influencia ideológica más fuerte fue del Partido de Trabajadores de Vietnam, encabezado por Ho Chi Ming. También que la experiencia latinoamericana observada con mayor atención fue "la Revolución Cubana y la acción del Che", el comandante argentino-cubano que nació en la ciudad de Rosario con el nombre de Ernesto Guevara.

Adelante del cementerio se levanta una construcción sencilla: dos habitaciones, una cocina y una pequeña galería donde la sombra es lo más preciado frente al calor del mediodía. En el lugar unos veinte guerrilleros almuerzan y conversan. Después de los saludos reparten agua para refrescarnos.


Barzan, encargado del cuidado del cementerio, nos acompaña al lugar, ubicado al costado de una montaña de poca altura. Sobre la ladera flamean las banderas de Kurdistán y del PKK, además de las imágenes de dos comandantes muertos. Un total de 298 lápidas, se extienden con prolijidad a lo largo de 20 metros, y los nombres que se leen son de guerrilleros caídos en combate o asesinados, en la mayoría de los casos abatidos en la década del noventa por las fuerzas del PDK y de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), que dirige Celal Talabani, mandatario de Irak.

En el Kurdistán iraquí hay otros nueve cementerios del PKK y todos son los principales blancos de los ataques de la aviación turca o de los enfrentamientos con las fuerzas militares del PDK y UPK, aliadas a Estados Unidos y Europa. Ocho meses atrás, el cementerio Karansugur fue destruido por un bombardeo y, como siempre lo hacen, los guerrilleros lo reconstruyeron rápidamente. Con esta decisión no sólo hacen respetar la muerte de sus mártires, sino que rescatan sus ejemplos y entrega en la lucha todas las veces que sea necesario.


Volvemos a la galería y toma la palabra Zelal, combatiente que ya tiene 37 años en las filas del PKK y que vio morir a muchos de sus compañeras y compañeros. "Es más doloroso cuando nos enfrentamos entre kurdos que cuando combatimos al ejército turco", dice Zelal, cuyo nombre significa "agua pura".

En épocas pasadas, cuando el PKK iniciaba su trabajo político en Irak, mantuvo duros enfrentamientos con las fuerzas encabezadas por Barzani y Talabani. En el año 2000, la guerrilla combatió durante seis meses hasta derrotar al Ejército de Barzani y liberar una zona de las montañas de Kandil, fronteriza con Irán. Hasta hace pocos años los combates de la guerrilla contra estas fuerzas eran frecuentes, pero por estos días el PKK logró el control total de Kandil, convirtiendo a la región en la retaguardia de la organización.

"Gracias a estos mártires ahora podemos vivir tranquilos en las montañas de Kandil", comenta Zelal, los ojos claros, el cabello largo y castaño, una mueca en su boca que no se atreve a convertirse en sonrisa. Los guerrilleros escuchan sus palabras. La historia de Zelal como combatiente le da autoridad y su voz, agua pura como su nombre, nunca deja de despertar el interés de quienes la rodean.

(Kurdistán, agosto 2013)

PKK: la guerrilla kurda en las montañas de Kandil


La ciudad de Sulaimaniyah arde durante el día abrazada por el sol. El único momento de respiro es la madrugada, pero todavía así la pesadez del aire golpea y agota. Sulaimaniyah está ubicada a dos horas de Erbil (Hewler, en kurdo), capital del Kurdistán iraquí, región del país gobernada por Mesoud Barzani luego que Estados Unidos derrocara al régimen de Sadam Hussein.

En toda la zona del norte de Irak, la presencia del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) se viene desarrollando desde la década del ochenta y tuvo su avance definitivo a mediados de los noventa. En la actualidad, su fuerza radica en las montañas de Kandil, un vasto espacio de cerca de 50 mil kilómetros cuadrados que dobla en tamaño a Israel.

Finalizada la Primera Guerra Mundial, las potencias occidentales dividieron Medio Oriente a su conveniencia y el pueblo kurdo, presente desde siempre en la región, no obtuvo un Estado. La nación kurda se reparte entre Irak, Siria, Turquía e Irán, en la Mesopotamia de Medio Oriente, entre los ríos Eúfrates y Tigris. La población kurda, que abarca más de 40 millones de personas, vive en un suelo codiciado por muchos: más del 70% del petróleo iraquí se encuentra en esa zona, como también buena parte de las reservas del crudo de Irán. En los casos de Siria y Turquía, el 100% de las reservas petroleras se ubican en suelo kurdo, a lo que hay que sumar que en la Mesopotamia está la totalidad del agua dulce de la región y es la zona más importante en agricultura y explotación de minerales.


Hacia Kandil

En la madrugada, cuando Sulamaniyah todavía duerme, nos trasladamos hacia las montañas de Kandil, que se elevan entre rocas y tierra seca. La ruta es un zigzag que trepa laderas y luego cae abruptamente hacia valles cortados por arroyos pedregosos y de agua transparente, que tienen su origen en el río Tigris. El paisaje es todo aridez: árboles de hojas secas, polvareda permanente y poblados humildes y espaciados donde el ritmo de la vida trascurre lento y tranquilo. Esos pueblos son parte de la fuerza que el PKK supo construir en más de cuatro décadas de lucha política y guerrillera.

Hace más de tres horas que viajamos. Cruzamos varios controles militares. Algunos soldados responden al gobierno autónomo de Barzani y otros al Ejecutivo central iraquí de Celal Talabani. Ambos dirigentes son kurdos y han tenido marcados enfrentamientos por llegar al poder. Los dos, aseguran desde el PKK, responden a Estados Unidos y a Turquía. Y ninguno de ellos tiene capacidad para controlar las zonas donde la guerrilla kurda demuestra su presencia.

"Llegamos a tierra libre", dice Mehmet Alí, antropólogo y periodista kurdo que me acompaña. Dos guerrilleros, fusiles Kalashnikov al hombro, nos piden que detengamos el auto. Bajamos y uno de ellos no duda en decirme "Bienvenido". "Nos estaban esperando", apunta Mehmet entre sonrisas, mientras saluda y comienza a conversar.

Seguimos unos kilómetros y entramos por un camino de tierra lateral. Una casa sencilla se levanta al filo de una hondonada. Es el lugar en el cual debemos esperar hasta que nos recojan para llevarnos a lo profundo de las montañas. Nos reciben combatientes y enseguida preparan el desayuno: pan, té, queso salado, tomates, pepinos y yogurt natural. Somos diez personas alrededor de una mesa ubicada bajo un techo de madera, las montañas de fondo y el viento caliente que pega de frente.


Una vida en la guerrilla

Kawa es kurdo nacido en Siria, lleva veintiún años en la guerrilla del PKK y no vacila cuando dice que "donde la lucha me llame voy a estar". En los combates perdió un pie, dejó de lado afectos personales y vio morir a muchos de sus compañeros, pero se siente orgulloso de las decisiones que tomó. Ingresó al partido en su juventud porque en aquellos años de represión "buscábamos una salida y en el PKK encontré ese lugar".

Cuando le pregunto sobre la actualidad de Siria -donde la guerrilla mantiene un fuerte control en el norte-, Kawa explica que en ese país existen "múltiples nacionalidades, pero ninguna vive en libertad". El PKK siempre fue aliado y a su vez un duro crítico del gobierno del presidente Bashar Al Assad -y de la anterior administración de su padre, Hafez-. Debido a la crisis interna acordaron con el Ejecutivo la autonomía en el norte, donde el PKK trasladó cincuenta mil guerrilleros para defender la región. La guerrilla kurda asumió la defensa integral de la zona, por lo cual los ataques de mercenarios y Al Qaeda han recrudecido, dejando a cientos de civiles muertos. Mientras los combatientes del PKK repelen las incursiones de mercenarios y terroristas, no dejan de impulsar el confederalismo democrático, ideología que rige al partido basada en la construcción de comunas y con un origen marxista, que derivó en una síntesis entre esa teoría y el socialismo comunitario, además de rescatar la cultura originaria de la nación kurda. En Occidente, la ideología del PKK se podría explicar como un resumen entre el marxismo y el anarquismo.

"En todas las regiones que controlamos buscamos la ética política, la solidaridad y construir un sistema alternativo", dice Kawa, que sostiene una mirada tranquila y sólo levanta la voz cuando afirma de forma categórica. El funcionamiento de las unidades del PKK, según Kawa, varía según la región donde están asentadas. En Turquía es donde la tranquilidad no existe y "nunca hay un sitio estable porque el enemigo ataca continuamente", dice Kawa. A través de los años, el Estado turco se ha convertido en el principal represor del pueblo kurdo, no solamente de la guerrilla, sino también de la casi totalidad de los 25 millones de kurdos que habitan ese país. En Turquía, como guerrilleros "tenemos una manera particular de caminar, sentarnos, dormir, porque vivimos en una guerra permanente", recuerda Kawa. Aunque los combates pueden repetirse de manera continua, la principal actividad que desarrollan en un territorio hostil "es la formación política. Siempre estudiamos escritos del presidente Ocalan y analizamos el sistema que combatimos", señala.

Abdullah Ocalan será un nombre repetido en el Kurdistán iraquí. Fundador del PKK, teórico principal del confederalismo democrático y líder guerrillero, fue secuestrado por la CIA y el Mossad en Sudáfrica en 1999 y desde entonces se encuentra preso en la isla de Imrali, donde funciona una base militar de Turquía. Ocalan es el único prisionero en el lugar, totalmente incomunicado y sin acceder a una defensa justa para su proceso.

Antes de despedirnos, Kawa me pide comentar algo más que considera fundamental para entender la lucha que llevan adelante hace más de 40 años. En el PKK, desde su fundación en 1978, se implementó como práctica principal "la crítica y autocrítica, además del análisis, porque la lucha también es con nosotros mismos, para así romper con la influencia del colonialismo y del sistema capitalista".

(Kurdistán, agosto 2013)

jueves, 27 de junio de 2013

La injusticia se llama Gaza


El campo de concentración más grande del mundo llega a siete años de existencia con un historial de dolor, injusticia e impunidad. En la Franja de Gaza, territorio palestino que todavía resiste al permanente asedio de Israel, sobreviven un millón y medio de personas en una situación humanitaria crítica. El bloqueo a esta porción de tierra de apenas 360 kilómetros cuadrados que es bañada por el Mar Mediterráneo y las bombas israelíes, es una medida considerada ilegal e ilegitima por la comunidad internacional, incluida la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Como siempre, ante las resoluciones del organismo condenando el bloqueo y las posturas de diversos gobiernos que se han manifestado contrarios a la medida, Israel y Estados Unidos sostienen la misma política para los pobladores de Gaza: hambre, saqueo y ataques militares tales como las operaciones Plomo Fundido (2008-2009) y Pilar Defensivo (2012), con un saldo de miles de muertos palestinos. Pero a esto se suma que de forma cotidiana las fuerzas de seguridad de Israel realizan redadas y encarcelamientos en la Franja.

El boqueo de Israel contra Gaza fue la respuesta al triunfo electoral del Movimiento de Resistencia Islámica Hamás en 2007. Pese a que los islamistas obtuvieron la mayor cantidad de votos para dirigir a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), el movimiento Al Fatah (que hoy gobierna Palestina) los expulsó. Hamás se replegó a Gaza y creó un gobierno propio.

Recientemente, el Centro Palestino para los Derechos Humanos (CPDH) publicó el informe sobre Gaza correspondiente a 2012, que entre otras conclusiones señala que el bloqueo a la Franja impide la importación de materiales para reconstrucción de la infraestructura educativa y de los centros de salud destruidos por los ataques de 2008-2009 y 2012. Con respecto al tema salud, indica que las “autoridades israelíes han reducido desde 2007 en más de un 60% los pacientes autorizados para viajar desde Gaza a otros hospitales especializados en Cisjordania e Israel, quedando por tanto sin recibir sus tratamientos y expuestos a un riesgo real de muerte”.

El bloqueo, según el CPDH, acrecienta la inseguridad alimentaria, por lo cual el “40% de la población (65% de ella niños y niñas) sufre malnutrición”. A esto se suma que el 90% del agua de la Franja está contaminada o no es apta para consumo humano.

En el ámbito económico, el bloqueo israelí restringe el movimiento de la población hacia Cisjordania u otros países limítrofes, a lo que “hay que añadir la falta de productos y materiales básicos, cuya importación está prohibida por las autoridades israelíes, y la imposibilidad de acceder al 50% de sus tierras cultivables y al 85% de sus aguas territoriales debido a que el ejército israelí ataca tanto a campesinos como a pescadores, produciendo un terrible impacto en la economía de Gaza”.

Como si fuera poco, la medida punitiva aplicada por el Estado israelí restringe el suministro de combustibles, gas, la movilidad en el paso de Rafah, como también diversas importaciones. Como consecuencia más grave, el bloqueo ha derivado en el aumento del índice de desempleo, que llega a 31%, según datos del año pasado difundidos por la Oficina Central Palestina de Estadísticas (OCPE), aunque en 2009 la ONU informó que la desocupación trepaba a 40%. Debido a esta situación, en 2010 cuatro de cada cinco habitantes de Gaza dependían de la ayuda humanitaria para subsistir.


La impunidad de los carceleros

“La idea es poner a los palestinos a dieta, pero no hacer que mueran de hambre”, expresaba en 2006 Dov Weisglass, asesor del entonces primer ministro israelí Ariel Sharon. La idea general de esta frase no ha cambiado ni un ápice para la dirigencia israelí.

El lunes pasado, el actual primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, afirmó que las Fuerzas Armadas de su país continuarán atacando a la Franja de Gaza. “Nuestra política es golpear a quien intenta hacerlo con nosotros. Así continuaremos trabajando frente a toda amenaza cercana y lejana”, expresó. Las declaraciones de Netanyahu se produjeron horas después de que aviones de combate atacaran el centro y el sur de Gaza.

Por su parte, el titular del comité parlamentario sobre asuntos Exteriores y Defensa, Avigdor Lieberman, aseveró que el Estado israelí “debe conquistar por completo la Franja de Gaza”. El ex canciller manifestó que “Israel tendrá que considerar seriamente la posibilidad de conquistar toda Gaza y limpiarla de verdad. No estoy seguro de que queramos vivir con esa situación, pero a largo plazo es inevitable”.

Los ataques israelíes contra la Franja no han decrecido y por lo visto no parece ser ese el objetivo de Tel Aviv, pese a que en noviembre de 2012 alcanzó un acuerdo de alto el fuego con Hamás y los demás grupos que conforman la resistencia palestina.

Una síntesis de la situación en Gaza la brindó en 2012 el intelectual estadounidense Noam Chomsky, quien declaró que “el asedio es un acto criminal que no tiene justificación. Se debería acabar con él y el mundo exterior debería oponerse enérgicamente a él. Es simplemente un intento de llevar a los habitantes de Gaza a la autodestrucción, de tratar de librarse de ellos y de destruir la sociedad. No existe absolutamente ninguna justificación para ello. Se alegan justificaciones militares pero no tienen credibilidad alguna”.

(Publicado en www.marcha.org.ar - 26 de junio 2013)

Malditos: Jack Kerouac


La ruta tiene vaivenes, subidas y bajadas, apenas el rumor de autos lejanos y un trasfondo de árboles, cielo y aire puro. Alguien camina a su lado, como otras veces lo hizo, buscando, en un último intento, ese lugar, o ese estado de ánimo, que persiguió durante años. Jack Kerouac enfila hacia Big Sur, en California, lugar de acantilados y mar que la generación beat eligió como uno de sus páramos.

Todavía se lo puede ver: un cuerpo formado en una juventud de deportista, la mirada un poco caída y nostálgica que, en más de una oportunidad, se transformó en ojos brillantes y profundos en medio de delirios nocturnos e interminables. Y también, a lo lejos, se pueden oler las ideas y los párrafos escritos de forma demencial -como las melodías de jazz- que Kerouac dibujó en toda su vida.

Nacido en el poblado estadounidense de Lowell en 1922, Kerouac se convirtió en uno de los iconos de la cultura beatnik, pero su figura no quedó petrificada en un tiempo que, hoy en día, los grandes medios muestran como un momento de “locura hippie”. Kerouac, que falleció en medio de un delirium tremens por su alcoholismo en 1969, escribió un conjunto de novelas que retrató sin fisura a una generación y a la sociedad con la que convivió. Autobiográficos, descarnados y melancólicos, sus libros se siguen leyendo como una aproximación a la cultura estadounidense, la forma de vida de una sociedad en permanente decadencia, pero también como una radiografía de un grupo de personas que buscó otro modo de transitar el mundo. Desde intelectuales de la izquierda radical hasta budistas escondidos en las montañas, pasando por locos, drogadictos, artistas de vanguardia y happenings que duraban varios días entre cabañas campestres, ciudades luminosas, clubes de jazz y calles nocturnas; todas imágenes plasmadas en las páginas de sus libros.


A los 17 años, Kerouac comenzó con la escritura, influenciado por Ernest Hemingway, Jack London y, posteriormente, Tom Wolf, al que llegaría a considerar su maestro. Aunque en 1940 ingresó a la Universidad de Columbia, Nueva York, en la cual se consagró como jugador de fútbol americano, abandonó los estudios para apostar por el Ejército. Ante la imposibilidad de pertenecer a las Fuerzas Armadas, sus primeros años trascurrieron como marino mercante, surcando el mar e iniciando uno de sus tantos caminos recorridos que también lo llevaron a trabajar como ferroviario y guardabosques. Con el paso del tiempo, Kerouac trabaría amistad con Neal Cassidy, protagonista de varias de sus novelas, amigo y compañero de viajes y juergas, espejo donde siempre se quiso ver y amante ocasional. En el frenesí de sus días, además, estarían presentes William Burroughs y Allen Ginsberg, al cual le regalaría el título de Aullido para su principal obra poética.

Su primer libro El campo y la ciudad (1950) pasó desapercibido, como otros textos que fue escribiendo en esa década, hasta la aparición de En el camino (1957), que no sólo lo consagraría sino que se transformaría en la obra insignia de la generación beat. Pero con esta novela, donde Cassidy es el protagonista principal, Kerouac se montaría en una permanente lucha entre el éxito y sus aspiraciones zen, lucha atravesada por el alcohol, las drogas, la soledad y más novelas escritas tras extensos viajes.

En sus libros, tal vez, se pueda establecer una división, arbitraria como siempre, donde la escritura llega a los mejores momentos en En el camino, Los subterráneos, Trisstesa y Big Sur. En la otra vereda, con las mismas palabras delicadas y precisas que caracterizaron su escritura, aparecen Los vagabundos del Dharma y Las vanidad de los Duluoz, en las cuales las divagaciones budistas opacan las vibrantes descripciones de su generación, las historias de amor desesperado, los pensamientos sobre una sociedad que no ofrece futuro alguno.

Con un estilo propio donde el ritmo del jazz impulsaba su pluma, como también los buscó tiempo después Julio Cortázar, Kerouac supo transmitir sus experiencia demenciales y frenéticas en sus novelas. Este estilo lo llevaría al máximo, modificando su máquina de escribir a la que le adhirió un rollo de papel para, de esa manera, no tener que cambiar de hojas y cortar el bop de la escritura.

Luego de una extensa travesía junto a Cassidy, Kerouac retrataba En el camino: “bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”.


En Los subterráneos, una breve novela de amor intenso, Kerouac permite que el lector se enamore perdidamente de Mardou, esa mujer morena, de curvas sinuosas, que se desvanecía por calles humeantes y ponía en una tensión permanente al protagonista, que no era otro que el mismo escritor. En Los subterráneos también aparecen destellos de sus dudas y contradicciones, que lo acompañarán hasta los últimos días. “El sol suave -escribía-, las flores y yo que me alejaba por la calle y pensaba: '¿por qué me habré permitido alguna vez aburrirme en el pasado?', y como compensación me emborrachaba o tomaba esas cosas o me daban ataques o todas esas artimañas que usan las personas porque desean algo, cualquier cosa, salvo la serena comprensión de lo que realmente existe, que después de todo es tanto, y las cavilaciones provocadas por las odiosas convenciones sociales, las rabias, el hacerse mala sangre por los problemas sociales y por mi problema racial, todo eso importaba tan poco; aunque ahora podía sentir esa gran seguridad y el oro de la mañana terminaría alguna vez por desvanecerse, y ya había empezado a hacerlo; hubiera podido construir toda mi vida como esa mañana solamente sobre la base de la pura comprensión y el deseo de vivir y seguir adelante, dios, todo era la cosa más hermosa que jamás me había sucedido, a su manera; pero todo era también siniestro”.

En Tristessa las oscuridades que lo rodeaban se observan nítidas y dolorosas en su relación con Esperanza Villanueva, protagonista de la novela, y en su vaivenes entre la pureza budista y las tentaciones de la marihuana y la morfina. En el prólogo del libro, el sociólogo y traductor mexicano Jorge García-Robles analiza esta relación entre el autor y su musa: “Ambos sentían que la muerte y no la vida era el polo magnético que ineludiblemente los arrastraba, tenían conflictos con su entorno, se autodestruían con sustancias y buscaban consuelo en la religión. La compasión que Kerouac manifiesta por ella en la novela es la compasión no confesa que sentía por sí mismo”. A lo que agrega: “Los pruritos religiosos de Kerouac le ayudaban tanto a escribir como le estorbaban para vivir. Y es que en realidad la única religión de Kerouac siempre fue la literatura... una religión que nunca lo salvó de seguir viviendo como no quería...”.

Una síntesis de su vida, Kerouac la deja estampada en La vanidad de los Duluoz, uno de sus libros más autobiográficos: “Te matas, y matas a unos cuantos más por el camino, para llegar a la cumbre de tu profesión, por decirlo así, de modo que cuando llegas a la edad madura, o poco después, puedes quedarte en casa y cuidar de tu jardín la mar de contento; pero, como eres famoso, la multitud acude a tu jardín y pisotea todas tus flores. Y, entonces, ¿qué?”. Y esa parece ser la gran pregunta en el camino: “Y, entonces, ¿qué?”.

(Publicado en revista Sudestada, número 116, marzo 2013)

jueves, 16 de mayo de 2013

Historia de una foto: El barco de cemento


Estamos a mil metros. Es una silueta recortada en la noche que desentona con todo lo que lo rodea: algunos árboles y el llano de la tierra cortado por los arroyos que forman el río Paraná, las estrellas en un cielo negro e inmenso, y ese silencio profundo que nos dice que no hay nada alrededor en varios kilómetros de distancia. 

Fueron doce horas navegando en el Horacio, desde San Nicolás. Primero entrar por el arroyo Pavón y remontarlo acompañados por el ronroneo del motor y las charlas de Reinaldo, el capitán de ese “crucerito”, como él lo llama, y con el cual se acompañan desde hace treinta años. Cuando el Pavón da sus últimos suspiros, la opción es el arroyo Victoria, en la provincia de Entre Ríos, y otra vez a remontar las últimas horas.

Esa silueta, a la que llegamos pasadas las ocho de la noche, es un barco que hace años se deja comer por el río, como si se entregara a un ritual perdido. Es uno de los tres navíos de cemento que quedan en Argentina.

“Hubo una creciente –recuerda Reinaldo-, y el barco quedó arriba de la tierra. Pasó el tiempo y se fue a pique al río. Por eso ahora se ve solamente la popa. Cuando estuve la primera vez, hace más de veinte años, estaba casi todo afuera del agua”. 


El barco de cemento, con 60 metros de eslora, y que se encuentra en la unión de los arroyos Victoria y La Batea, fue trasladado a ese lugar desde el Riachuelo, en La Boca. Era 1965 y su dueño, Nicolás Sfeir, se encargó de remolcarlo todo ese trayecto con el objetivo de instalar en su interior una procesadora de pescados. Para poner en funcionamiento la empresa, desde Mar del Plata fue enviada toda la maquinaria: un honro rotativo de entre 7.000 y 8.000 kilos, una moledora, una secadora y un sinfín de ocho metros para trasportar la harina para su embolsado. La embarcación además contaba con una caldera a presión y un grupo electrógeno. Ahora, con el paso del tiempo surcando el cemento, poco queda: dos malacates que resisten la erosión y un mástil de acero que funcionaba como guinche.

La procesadora de pescados funcionó por un tiempo, pero Reinaldo recuerda que cerró porque eran tiempos de escasez de sábalo, pescado que utilizado para obtener harina y aceite.

“Es una lástima que El Ñato se haya muerto hace unos años –dice-. Vivía en un rancho de por acá y trabajó en el barco. Era el encargado de contar la historia, hasta salió una vez en televisión”.

Cuando la fábrica cerró, el Ñato se llevó mucha maquinaria, pero con su muerte los chatarreros entraron en acción, porque en el Paraná los testamentos se escriben sobre sus propias aguas y en sus correntadas y remansos profundos.

La escasa información sobre este tipo de barcos señala que fueron utilizados en la Primera Guerra Mundial, debido a la escasez de acero. Se calcula que entre 1917 y 1918, Gran Bretaña construyó barcazas, remolcadores y pesqueros de concreto. Por su parte, Estados Unidos produjo 12 vapores de cemento. 


Estos barcos tenían las líneas similares a los buques de acero, pero requerían de cascos de un espesor mucho mayor para tener su misma resistencia. Entonces se empezó a utilizar portland, por ser un material más liviano, pero seguían siendo más pesados que los buques convencionales.

En Argentina hay otros dos barcos de este tipo. Uno se encuentra en el río Luján, en el Delta Bonaerense, y en la actualidad sirve de muelle del club náutico Belgrano. El otro buque descansa en la Costanera Norte, frente al Aeroparque de Buenos Aires, y se puede ver cuando se producen bajas importantes del río.

Ahora en el Paraná, apenas se observa la popa, cada vez más recta al cielo. Y el timón y la marca de la última creciente. Eso queda de un buque que nadie sabe si fue traído a Argentina desde Europa o fue construido en el país, en épocas de invenciones y bonanzas.

Reinaldo dice que el río está socavando cada vez más el barco y que en algunos años no quedará nada. Porque el agua va rodeando a ese mastodonte de cemento, lo lame, parece que lo acaricia, pero en realidad lo va llevando al fondo de la propia historia del Paraná.

(Publicado en la revista Sudestada, mayo de 2013)

miércoles, 15 de mayo de 2013

Cuando atraparon a La Bestia


(Cuando el periodista -y gran compañero- Pablo Llonto me contó la historia de César Romero no la podía creer. Principalmente, porque La Bestia había vivido en Pergamino durante muchos años y en la ciudad se había formado como boxeador. La historia la escuché mientras Pablo y el Canga Bonet recordaban a Romero en un estudio de radio de Pergamino. Pablo había venido a la ciudad a presentar ese librazo-investigación-denuncia que es “La Vergüenza de todos”, sobre el mundial de fútbol que la dictadura militar argentina capitalizó y utilizó para tapar el genocidio que estaba cometiendo en 1978. Después Pablo me dijo que escribiera la vida de Romero para la Revista UnCaño. Le hice caso y salió publicada, no sé muy bien cuándo. Ahora la encontré y la comparto). 

En ese instante donde la mente está a punto de borrar todo lo imaginado, cuando nada importa y sólo se respira la posibilidad de la muerte, pensó en los mellizos. También observó, en una fracción de segundo, por dónde venía la policía. Después, el sonido de los disparos se enredó con sus puteadas y el olor a pólvora que le colgaba de una mano. Las balas zumbaban y la pistola martillaba frente a sus ojos. Pero, por última vez, en lo único que pensó fue en su familia. Y en ese instante entendió que cuando las balas rozan la vida nadie puede pensar en nada. Ahí agazapado, calculando los movimientos de los uniformados, César La Bestia Romero cumplió como pocos sus códigos de lealtad y amistad.

Ocho días atrás había rozado la gloria con los puños. Llegó a Montecarlo clasificado sexto en el ranking mundial de los mediopesados del Consejo Mundial de Boxeo y con 21 peleas como profesional, de las cuales ganó 15 (12 por nocaut), igualó 3 y perdió 3. Si triunfaba ante el venezolano Fulgencio Obelmejías estaría a un paso de competir por el título mundial contra el estadounidense Michael Spinks. Otro argentino viajó para realizar las peleas de semi fondo: Juan Domingo Martillo Roldán chocaría con André Mongelema.

En la historia de Romero quedaba una infancia humilde de familia obrera con siete hermanos. De niño, recordaba que “a nosotros nunca nos faltó nada” e imaginaba un futuro como abogado. “Yo me hacía la idea de que iba a ser un tipo así, medio paladín. Paladín en el sentido de ser el que sacaba la cara por los amigos”. Romero, o como le decían sus amigos, Che Grandote, todavía no fantaseaba con una carrera boxística. Las necesidades cotidianas lo llevaban a “changear” en la puerta de un club de golf y entre los ocho y doce años a trabajar en una fábrica textil.

A los once dejó marcado en su cuerpo el primer tatuaje que luego se multiplicaría en casi treinta figuras diseminadas por toda la piel. Un águila en el pecho fue la marca registrada cuando su vida se definía en los cuadriláteros. La Bestia abría los brazos, los extendía debajo de las luces y el águila se inflaba en el pecho. Las alas de tinta escapaban del cuerpo y parecía que se enroscaban en su espalda, atrapándolo.

A esa edad también fue su primera entrada a una comisaría. “Resulta que me topé con un tipo en curda en la puerta de un billar. El tipo no quería dejarme entrar y empezó a manotearme y a amenazarme. Le dije que no lo hiciera y nada: me insultó fiero. Entonces logré abrir la puerta y de un piñazo en la cara lo enterré debajo de la mesa de billar”, recordó a la revista El Gráfico. El resultado fueron tres días en las sombras.

Desde los 15 a los 17, sus entradas y salidas en comisarías se alternaron con trabajos ocasionales: repartidor de soda y vino, chapista, bañero, obrero en una fábrica de peines y constructor de caños de cemento. Luego de seis meses preso por robar un depósito de quesos en Liniers, la policía se cruzó nuevamente en su vida. “No había pruebas pero un chabón tiró mi nombre y terminé pagando las cosas que había hecho y que no había hecho”, afirmó. El peregrinaje lo llevó por los penales de Olmos, Mercedes y Villa Devoto. Detrás de esas rejas comenzó los entrenamientos.

De las tumbas a la familia

En marzo de 1978, en medio de la noche, las puertas se abrieron y Romero se reencontró con la libertad. “Viajé como pude a mi casa y cuando llegué, a las cuatro de la mañana, a la primera que encontré fue a mi vieja. Lloré por primera vez y juré: nunca más, nunca más...”. Al poco tiempo fue al Chaco con sus padres y a los tres meses debutó en el boxeo amateur. Después se trasladó a Pergamino y su carrera tomó forma. En total, Romero estuvo encarcelado cinco años y seis meses.

El Canga Bonet fue su entrenador en esa ciudad. Junto al boxeador José María Flores Burlón, La Bestia inició sus primeras armas de forma seria y responsable. Bonet lo recuerda como “un chico con un corazón como una mesa”, que al llegar logró lo que pocas personas al salir de la prisión: “En los años más duros, cuando vos no tenés ni para morfar, jamás tuvo una mínima insinuación de eso. Era un tipo formidable, se metió de novia con la que después fue su mujer, Alejandra, y tuvo dos hijos mellizos. Lo único que me acuerdo que me decía era que para los hijos quería lo mejor. Yo viví la peor época de su vida, cuando una persona sale de la cárcel y hubo que reinsertarlo”. Mientras entrenaba, retomó su trabajo de chapista y, periódicamente, era visitado por una asistente social.

“Se entrenaba de amateur tres veces por semana –explica Bonet- Era muy duro, muy torpe, pero era un tipo fortísimo, lo tenías que sacar del gimnasio. Se cuidaba, no tomaba, si le decías que tenía que correr cuatro kilómetros, corría siete. En Pergamino lo querían toneladas”.

Flores Burlón también retrocede en el tiempo y habla sobre su compañero de entrenamientos: “Si tenía que brindarse por vos se brindaba, no había ningún problema. Aparte era muy puntual para ir a correr a la mañana, para ir al gimnasio, para todo”. De esta época le quedó inmortalizado el apodo: La Bestia. Resumía su forma de entrenar, incansable.

La carrera de la La Bestia comenzó a escalar y en poco tiempo se hablaba de él en Buenos Aires y en especial en el Luna Park. En Pergamino, Romero le diría a sus allegados que no quería volver a Buenos Aires. Tal vez para cuidar a su familia, o para que la tentación no se le cruzara a la vuelta de la esquina.


De Europa a Isidro Casanova 

El 6 de julio de 1984 comenzó su último viaje. Partió hacia la pelea más soñada por los boxeadores: la que abre la posibilidad de combatir por la corona máxima.

Su entrenador era Ricardo Martinetti, que rememora las semanas previas: “La preparación fue muy intensa y él estaba muy bien, pero había tenido unos problemas: lo habían lastimado en las costillas”. Haciendo guantes con Martillo Roldán, una mano le llegó fuerte y Romero no se pudo recuperar de la fisura de dos costillas.

“Tito” Lectoure y el equipo que acompañaba a Roldán viajaron también a Europa. A ellos se sumaron el hermano de Romero, Saúl, y su amigo Daniel Rodríguez. Durante los días en que el boxeador preparó su físico y mente para enfrentar a Obelmejías, ninguno de sus acompañantes se mostró demasiado. La única vez que llegaron hasta el lugar donde entrenaban, Romero pidió permiso para que ellos pudieran entrar como observadores.

La pelea fue difícil. La experiencia, dicen algunos, pesó demasiado. Obelmejías lo doblaba en combates y las crónicas de la derrota por puntos le achacaron su falta de reacción y no poder descifrar los planteos de “un boxeador con inteligencia y recursos”.

Martinnetti analiza que “se le hizo la pelea difícil, pero fue muy pareja: así como perdió, podría haber ganado”. Al otro día, quien dio su opinión fue Horacio Accavallo: “En cuanto a Romero, yo sigo creyendo en él. Me gusta su base de peleador. Ayer pagó el tributo a su inexperiencia internacional frente a un rival ducho”. El propio Romero declaró sus pareceres y se sinceró diciendo que “se me fue de las manos de una forma increíble”. Dolorido por su actuación, La Bestia relató “que nunca lo pude agarrar con una derecha neta. Le tiré como veinte y las amortiguó bien”.

La vuelta al país fue silenciosa y rodeada por la incertidumbre del futuro. En el avión, Lectoure le dio ánimo, prometiendo una nueva fecha para el título argentino. La Bestia había comprado regalos: dos autitos para sus mellizos, una botella de chianti para su padre y recuerdos para su esposa, su madre y algunos amigos.

El lunes 16 de julio, a las nueve de la mañana, el avión carreteó la pista. Ocho días después, César Romero sería nuevamente tapa de los diarios.

Martinetti señala esa última semana, cuando Romero se encontraba descansando: “No tenía contacto con él. Para mí fue una sorpresa terrible, un dolor muy grande, que me llevó a dejar el boxeo. Yo era entrenador, hacía poco que había dejado de boxear y me amargó mucho, dediqué a mi vida en otra cosa y recién ahora volví”.

Los titulares llevaban letras catástrofes: “Boxeador y asaltante: abatieron a César Romero en Isidro Casanova”.

El lunes 23 a la mañana, La Bestia junto a su hermano Saúl llegaron a la casa de Rodríguez. Tomaron mates, dijeron que iban a arreglar un auto y salieron. Una hora y media después, en la comisaría de Ramos Mejía, denunciaron el robo de un auto que se dirigió a hacia la administración de la empresa de transportes La Plata. Pertrechados con armas cortas y largas, los hermanos Romero, Rodríguez y Carlos María Centurión bajaron. Los acompañaban dos personas más en otro auto. El botín fue de 2.500.000 pesos argentinos. En pocos minutos llegaron a la compañía de transportes Almafuerte en Isidro Casanova, pero la policía estaba avisada. El tiroteo duró 40 minutos y el barrio se estremeció. A los hermanos Romero las balas policiales los alcanzaron al igual que a Rodríguez y Centurión.

Después de tantos años, Martinetti esgrime la razones que tuvo La Bestia para participar en los asaltos: “Creo que no quería hacer más lo que hizo, creo que fue inducido por sus amigos, como que podría ser el último robo, pero es una fantasía mía, no sé la realidad”.

Bonet, su primer entrenador, también recrea sus ideas: “Cuando se fue a Buenos Aires, medio que no me gustó. Él siempre decía que no quería volver. Fijáte la comparación: estuvo durante cuatro o cinco años en Pergamino boxeando y nunca tocó ni un dedo. Se va a Buenos Aires, está en su mejor momento de la carrera deportiva porque viene de pelear con Obelmejías, iba a estar metido en el ranking del mundo, era un tipo que iba a gustar en Estados Unidos, no tenía ningún sentido que fuera a robar. Estoy seguro que fue por acompañar a sus amigos, no me cabe ni la menor duda”.

Romero había declarado a la prensa que su vida era otra y si llegaba a hacer una “macana, prefiero la boleta antes que volver”. Su principal objetivo era que sus hijos estudiaran y alejarlos de los golpes como salida para abrirse camino. Todos coinciden en que lo que más disfrutaba era estar en familia y contarles a los mellizos historias sobre sus tatuajes. Arriba del ring, dice Martinetti, “tenía el ángel del boxeador agresivo, fuerte. Daba ganas de comprar una entrada y verlo pelear”.

César Romero había nacido el 25 de enero de 1955 en Merlo, provincia de Buenos Aires. Cuando la policía lo mató sólo tenía 29 años.

(Publicado en revista UnCaño)

martes, 7 de mayo de 2013

Una hipótesis sobre la generación beat


La generación beat en Estados Unidos conmocionó al sistema. No fue revolucionaria, ni se lo propuso, pero logró insertar una variante en el pensamiento único: vivir al margen del sistema.

Los beatniks nunca buscaron hacer explotar las estructuras del capitalismo ni derrumbar el imperialismo estadounidense. Una muestra de esto es la figura de Jack Kerouac, escritor insignia de esa generación, que en sus últimos años mostró un discurso reaccionario, anticomunista y donde el derrotismo lo acompañó hasta su muerte. Pero el hecho de proponer una nueva forma de vida, inquietó (como mínimo) a quienes sostienen el sistema en Estados Unidos.

La generación beat, madre indiscutida del movimiento hippie, disparó una fuerte crítica contra la sociedad de consumo y por eso apostó, en la teoría y en la práctica, al movimiento hacia otros parámetros. ¿Cuántos millones de estadounidenses abrazaron las ideas beat, y posteriormente al hippismo, durante la década del sesenta y parte de los años setenta? ¿Dos o tres millones de personas? Tal vez más. Una cifra que puede resultar pequeña para Estados Unidos, pero importante a lo que se refiere al consumo. Si esa masa de gente apostaba a vivir diferente, correrse hacia los márgenes de la sociedad, habitar la tierra con simpleza produciendo buena parte de sus alimentos, construyendo sus casas y rechazando el consumo de tecnologías, no es de extrañar que las cuentas de los poderosos (empresarios, banqueros, magnates petroleros, etc.) no cerraran del todo. La onda expansiva que podría resultar de esta “nueva vida” seguramente -como se comprobó tiempo después-, puso en alerta máxima no sólo a los tecnócratas de la economía, sino a las estructuras de inteligencia y represión interna estadounidenses.


Un buen ejemplo se observa en “Los vagabundos del Dharma”, de Kerouac. La mayoría de los personajes (hombres y mujeres de carne y hueso) viven en el campo, en casas humildes, con apenas algunas cosas para subsistir; ellos son los “white trash” de hoy.

El descenso del consumo dentro de Estados Unidos que podría desprenderse del movimiento hippie no fue visto con buenos ojos por el poder, principalmente porque el sistema capitalista basa su acción en el consumo desbocado.

La crítica de los beats a esta característica era una piedra bastante grande en el zapato de los dueños del mundo. Por supuesto que desde esta generación la crítica puede ser, a su vez, criticada por inconsistente, falta de una teoría dura, o calificada como una moda pasajera, pero sin duda las alarmas visibilizadas por los beatniks no nacieron de mentes alucinadas o hundidas en drogas; como todo movimiento histórico tiene razones concretas. Detrás de los beats estaba la Segunda Guerra Mundial, la crisis de ese entonces que atravesaba el planeta y muchos de ellos eran los hijos de la Gran Depresión de los años treinta.

En la década del cincuenta, si Estados Unidos mostraba al mundo sus adelantos tecnológicos y presentaba como verdad única el “American Way of Life”, los beatniks llegaban para cuestionar este dogma.

Quien hizo un acercamiento sobre la generación es el escritor estadounidense Norman Mailer, en su libro “Caníbales y cristianos”, publicado en 1966. Para Mailer, los beats encarnaron “una revolución modesta, y suicida en el centro de su pasión. En lo más militante, aspiraba a la inmolación más que al poder, lo único que deseaba era que se la dejara lo suficientemente libre como para autoconsumirse. Todavía hacia la mitad de los años cincuenta los liberales reaccionaban con un profundo terror, con contumelia y con ridículo a sus manifestaciones, como si su propio suicidio colectivo (el terror personal del espíritu liberal es invariablemente el suicidio, no el asesinato) tuviera que encontrarse en el gesto de lo beat”.

La generación beat y el movimiento hippie tuvieron un fuerte impacto que desconcertó los planes sistémicos. El cuestionamiento más radicalizado al modelo estadounidense era representado por Malcolm X y posteriormente en el partido Panteras Negras

Con los beats y el hippismo, el sistema desplegó una metodología de cooptación, desgaste y asimilación, esta última a través de la publicidad y banalización de las ideas y líderes. Con Malcolm X utilizó el asesinato y con los Panteras Negras su total destrucción utilizando la persecución, la represión y los estupefacientes.

(Publicado el 6 de mayo de 2013 en www.marcha.org.ar)